Isabella apartó al hombre de una patada y miró a su alrededor. Varios cuadros habían sido arrancados y arrojados al suelo, produciendo un estruendo de cristales rotos.
—¡¿Quiénes son ustedes?! ¡No toquen esas pinturas!
—¡Por favor, ayúdenme a detenerlos!
—¡Largo de aquí, lárguense!
Rafael también corrió para intentar detener a los intrusos, pero lo empujaron y cayó al suelo.
Isabella no podía contenerlos a todos por sí sola. Por suerte, los guardias de seguridad llegaron rápidamente y lograron someter al grupo. Sin embargo, los hombres seguían actuando con una arrogancia descarada, gritando que Aurora era una plagiaria y que sus obras no merecían ser expuestas en el Museo de Arte Central, pues eran una profanación al arte.
Isabella vio a Ivana entrar corriendo. Al observar el desastre en el suelo, un atisbo de satisfacción cruzó el rostro de Ivana, pero lo disimuló de inmediato y se apresuró a ayudar a Rafael a levantarse.
—¡Esto es inaceptable! Aunque las pinturas de Aurora se parezcan a las de otro gran maestro, ¡eso no significa que sea un plagio!
Sus palabras, lejos de defender a Aurora, parecían calculadas para confirmar las acusaciones de plagio.
—No estamos ciegos. Es un plagio evidente. Salvo por un par de retoques, podría considerarse una copia.
—Ella no es esa clase de persona —insistió Ivana.
—Fue capaz de seducir al marido de otra mujer. Es obvio que no tiene escrúpulos. El plagio debe ser pan comido para alguien como ella.
—La mujer ya murió, deberíamos ser más compasivos.
—Señora Méndez, usted tiene un corazón de santa y puede ser compasiva, ¡pero nosotros no! ¡El plagio es algo que debemos rechazar con toda nuestra fuerza en esta profesión!
Otros se unieron al clamor de inmediato.
—¡Así es! ¡Sigamos rompiendo todo!
Isabella se acercó a grandes zancadas y agarró al líder del grupo por el cuello de la camisa.
—¡Atrévanse a tocar otro de estos cuadros y verán lo que les pasa!
Rafael se adelantó.
—Un amigo me regaló esta pintura. La verdad, no sospeché nada.
El profesor Castillo no dijo nada al principio. Se acercó al cuadro y, tras unos instantes de observación, declaró con total seguridad:
—El estilo de Aurora es inconfundible. Esta obra, claramente, no es suya. La diferencia es abismal en todos los aspectos: la pincelada, la composición, el uso del color...
La revelación dejó a todos aún más sorprendidos. La pintura era una falsificación.
—¡Entonces Aurora no plagió nada!
—¿Y todo el escándalo en internet? ¿Alguien le tendió una trampa?
Mientras la multitud seguía confundida, Isabella recogió los cuadros dañados y le pidió al profesor Castillo que los examinara.
—Estas sí son auténticas —dijo el profesor—. Es una lástima. ¿Cómo pudieron destruirlas así?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...