Isabella lanzó una mirada cortante a los vándalos. Ellos seguían con aire despreocupado, sin ser conscientes de la gravedad de la situación.
—Por favor, ¿podría darnos una estimación de su valor? —le pidió Isabella al profesor Castillo.
—¿Una estimación? ¿A qué se refiere?
—¡Por supuesto, para que los responsables de destruir estas obras paguen por los daños!
Al oír la palabra «pagar», los hombres comenzaron a inquietarse. Dos de ellos intentaron escabullirse, pero una simple seña de Isabella bastó para que los guardias de seguridad les cerraran el paso.
—Es difícil de estimar. La pintura anterior de la señora Aurora, *Río Primaveral*, se subastó por cien millones...
—¿Cien millones? —exclamó el líder del grupo con los ojos desorbitados—. ¡¿Esa porquería de pintura vale cien millones?!
Isabella lo fulminó con la mirada. El hombre, que ya había recibido un par de patadas de ella, se amedrentó y bajó la voz considerablemente.
—Pensé que costaría unos cientos de pesos.
—¿Cientos de pesos? ¡No sea ridículo! —se burló el profesor Castillo—. La señora Aurora dejó de pintar hace mucho tiempo, por lo que no hay muchas de sus obras en el mercado. Además, dos de sus pinturas forman parte de la colección de un museo y sus trabajos han batido récords en subastas una y otra vez. Siendo conservador, diría que cada una de estas pinturas vale, como mínimo, dos o tres millones.
Isabella asintió, conforme con la valoración, y se volvió hacia los vándalos.
—En total, estamos hablando de unos diez millones de pesos. ¿Quién va a pagar? ¿O piensan hacer una colecta?
Los hombres se quedaron helados. Diez millones. Ni vendiéndolos por kilo juntarían esa cantidad.
—¡No tenemos dinero! —dijo el cabecilla.
Isabella soltó una risa fría.
—¿Sin dinero? No hay problema. ¡Llamaremos a la policía!
—¡No llame a la policía! En realidad, nosotros...
—Estas pinturas las compró mi padre. Él no ha dicho nada, ¿quién te crees para meterte? —lo interrumpió Adriana, entrando a grandes zancadas. Miró a Isabella con desdén.
Isabella ignoró a Adriana y se dirigió a Rafael.
—Señor Méndez, estoy segura de que usted también desea que estos individuos que destruyeron el legado de Aurora reciban su merecido, ¿verdad?
Rafael asintió.
—Por supuesto.
—¡Si no pueden pagar, entonces llamaremos a la policía! —dijo Isabella, sacando su teléfono con la intención de marcar.
Adriana se abalanzó sobre ella y la empujó con fuerza.
—¡Este asunto no tiene nada que ver contigo! ¿Por qué te metes en lo que no te importa?
Isabella le devolvió el empujón, haciéndola trastabillar.
—¡Claro que este asunto tiene que ver conmigo!
—Ja, ¿y tú quién diablos eres? —se mofó Adriana.
Rafael también miró a Isabella, desconcertado.
—Señorita Quintero, siento que le está prestando demasiada atención a Aurora.
Isabella respiró hondo.
—Ella... ¡es mi madre!

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...