La revelación dejó a Rafael y a Adriana con los ojos abiertos de par en par, en estado de shock.
—¿Tú... dices que eres la hija de Aurora?
Adriana, incrédula, buscó la confirmación en la mirada de Ivana. Al ver que esta asentía, no tuvo más remedio que aceptarlo.
—¡Así que eres la hija de Aurora!
Isabella la ignoró y centró su atención en Rafael.
Tras la sorpresa inicial, el rostro de Rafael se iluminó de alegría, aunque su expresión también reflejaba una mezcla de culpa y ternura que lo dejó sin saber cómo reaccionar.
—Con razón sentí una conexión inexplicable la primera vez que te vi. Resulta que... que eres su hija, lo que significa que eres mi... mi hija.
Al decir esto, los ojos de Rafael se enrojecieron.
Isabella lo miraba con una mezcla de emociones. Rafael había sido engañado por completo, por lo que no tenía motivos para odiarlo. Pero, ¿debía reconocerlo como su padre?
Se negó rotundamente.
Sabía perfectamente cómo la familia Méndez había tratado a su madre, y ese conocimiento había sembrado en ella un profundo rencor. No establecería ningún lazo familiar con los Méndez, ni siquiera con Rafael.
—Señor Méndez, creo que tengo derecho a exigir que quienes destruyeron el legado de mi madre paguen por lo que hicieron, ¿no es así? —preguntó, una vez que logró serenarse.
Una sombra de decepción cruzó la mirada de Rafael, quien forzó una sonrisa.
—Por supuesto.
Isabella asintió, incapaz de seguir mirándolo a los ojos, y se volvió hacia los vándalos.
—O pagan o llamo a la policía. Elijan.
Los hombres, aterrados de nuevo al ver la determinación de Isabella, buscaron ayuda en Ivana.
Ivana les hizo una seña discreta y carraspeó.
—Yo creo que...
—Mejor llamemos a la policía.
—Te explicaré todo esto cuando lleguemos a casa...
—¡Ivana! —la interrumpió Rafael, incapaz de contener su ira—. ¡En el pasado, calumniaste a Aurora, me hiciste dudar de ella y provocaste nuestro divorcio! ¡Tuvimos una hija y me lo ocultaste, impidiendo que nos conociéramos! ¡Y ahora sigues intentando difamarla para arruinar su nombre! ¡Eres una víbora!
—Rafael, ¿cómo te atreves...? —«¿Cómo te atreves a humillarme en público?», pensó.
Ivana apretó los dientes con fuerza. De reojo, vio las cámaras que la apuntaban, así que contuvo su furia y susurró:
—Hay un malentendido. ¡Hablaremos en casa!
Luego, se dirigió a los guardias de seguridad.
—¡Saquen a toda esta gente de aquí!
Después de gritarle a los guardias, se volvió hacia Isabella.
—¿Crees que por demostrar que llevas la sangre de los Méndez te voy a permitir entrar en esta familia? ¡Ni lo sueñes! Eres igual que tu inútil de tu madre. No creas que yo...
Antes de que Ivana pudiera terminar, Isabella la agarró del brazo y le dio una bofetada.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...