Justo en ese momento, Jairo regresaba y vio a su padre en el suelo, después de haber vomitado sangre. Corrió hacia él.
Rápidamente, llevaron a Iván a una habitación. Tenía cáncer de estómago en etapa terminal. Se había negado a recibir cualquier tipo de tratamiento, preparado para aceptar la muerte con serenidad.
Fue entonces cuando Jairo se enteró de la enfermedad de su padre. La noticia lo devastó.
—Tiene cáncer de estómago… y nunca me lo dijo.
Recordó las discusiones con su padre, el resentimiento que sentía hacia él, los años de frialdad. Ahora, solo quedaba el remordimiento.
Los días siguientes, Jairo tuvo que dividirse para cuidar a Marcela y a Iván en el hospital. Isabella no podía ayudarlo, así que lo único que podía hacer era no causarle más problemas en un momento tan difícil.
***
Esa noche, Ignacio Rodríguez la llamó de repente para decirle que Jairo había tenido un accidente de carro.
—¿Qué? ¿Es grave? —Isabella, alarmada, empezó a vestirse para salir.
—Él está bien, pero no me gusta cómo está actuando. Por eso te llamé. Será mejor que vengas a verlo.
El accidente ocurrió en un cruce en forma de T. Como no era una zona céntrica, no había mucho tráfico, pero aun así chocó. Cuando Isabella llegó, se dio cuenta de que esa carretera llevaba al cementerio de los suburbios del oeste, donde estaba la tumba de Lilia.
Pero, ¿qué hacía Jairo yendo al cementerio a esas horas de la noche?
El carro ya estaba a un lado de la carretera, y la policía de tránsito se encargaba de la situación.
Ignacio, al ver bajar a Isabella, corrió hacia ella y le señaló un lugar oscuro, fuera del alcance de las farolas, donde brillaba una pequeña luz intermitente.
—Está allí —dijo Ignacio con un suspiro.
Isabella asintió y miró al conductor del otro carro. Por suerte, no estaba herido, pero sí muy enojado.
—¿Qué le pasa a ese tipo? ¡Puse mi direccional y aun así intentó rebasarme! ¡Tienen que hacerle una prueba de alcoholemia, seguro que está borracho!
—Ya se la hicimos, no ha bebido —respondió un oficial.
—¡Te digo que no pasó nada! —gritó.
Isabella se quedó paralizada. Jairo nunca le había hablado así. Le costaba asimilarlo.
—Lo siento.
Sacó otro cigarrillo, frustrado. Justo cuando iba a encenderlo, Isabella se lo quitó de la boca.
—Algo pasó. Dímelo —insistió con firmeza.
En la oscuridad, él permaneció en silencio durante un largo rato. Finalmente, soltó una risa amarga.
—Hoy mi abuelo fue al hospital a visitar a mi padre. Escuché su conversación sin querer y me enteré de que me sometieron a hipnosis.
Isabella se sorprendió. Ya lo sabía.
—Y entonces, fue como si una caja cerrada con candado en mi mente se abriera de golpe. Un torrente de recuerdos me inundó. Lo recordé. Lo recordé todo.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...