—¿Soy yo o huele a quemado?
—Ejem, se me pasó un poco la mano con el fuego al freír el huevo.
Para no interrumpir la inspiración del maestro, Isabella regresó a la mesa del comedor y, apoyando la barbilla en la mano, se dedicó a observarlo.
El sol ya había salido, y parecía que las sombras de la noche anterior se habían disipado con él.
Sintió el impulso de contarle lo del embarazo, pero decidió esperar un poco más. Últimamente habían pasado demasiadas cosas que requerían toda la atención de Jairo.
Poco después, dos enormes platos de espagueti con tomate y huevo humeaban sobre la mesa.
El plato de Isabella tenía una pinta excelente, pero en el de Jairo se veían claramente trozos de huevo quemado, como pequeños carbones.
Ella no dijo nada y probó un bocado.
Estaba saladísimo.
—¿Y bien?
—¡Guau, está delicioso! Mi amor, con este talento podrías competir en un concurso de cocina.
Jairo asintió, rebosante de confianza.
—Tengo un don natural para la cocina.
Dicho esto, probó un bocado y su expresión cambió.
—Oye, ¿por qué está tan salado?
—¿Salado? Para nada —respondió Isabella.
—Pero el mío sí está muy salado.
Isabella se dispuso a darle una explicación muy seria.
—Es porque pusiste los trozos de huevo quemado en tu plato. Los alimentos quemados absorben más sal. Mi plato no tiene huevo quemado, por eso no está salado.
Jairo la escuchó y asintió, convencido.
—Ah, conque era eso.
Isabella se aguantó la risa. Se lo había inventado todo y él se lo había creído.
—¿Quieres que te dé de mi plato?
—No, no, come tú.
Aunque estaba un poco salado, ambos se terminaron sus platos.
***
Jairo se fue primero a la oficina. Isabella se quedó un rato más en el departamento antes de salir. Justo cuando se iba, una empleada le entregó un termo con agua.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...