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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 462

—¿Soy yo o huele a quemado?

—Ejem, se me pasó un poco la mano con el fuego al freír el huevo.

Para no interrumpir la inspiración del maestro, Isabella regresó a la mesa del comedor y, apoyando la barbilla en la mano, se dedicó a observarlo.

El sol ya había salido, y parecía que las sombras de la noche anterior se habían disipado con él.

Sintió el impulso de contarle lo del embarazo, pero decidió esperar un poco más. Últimamente habían pasado demasiadas cosas que requerían toda la atención de Jairo.

Poco después, dos enormes platos de espagueti con tomate y huevo humeaban sobre la mesa.

El plato de Isabella tenía una pinta excelente, pero en el de Jairo se veían claramente trozos de huevo quemado, como pequeños carbones.

Ella no dijo nada y probó un bocado.

Estaba saladísimo.

—¿Y bien?

—¡Guau, está delicioso! Mi amor, con este talento podrías competir en un concurso de cocina.

Jairo asintió, rebosante de confianza.

—Tengo un don natural para la cocina.

Dicho esto, probó un bocado y su expresión cambió.

—Oye, ¿por qué está tan salado?

—¿Salado? Para nada —respondió Isabella.

—Pero el mío sí está muy salado.

Isabella se dispuso a darle una explicación muy seria.

—Es porque pusiste los trozos de huevo quemado en tu plato. Los alimentos quemados absorben más sal. Mi plato no tiene huevo quemado, por eso no está salado.

Jairo la escuchó y asintió, convencido.

—Ah, conque era eso.

Isabella se aguantó la risa. Se lo había inventado todo y él se lo había creído.

—¿Quieres que te dé de mi plato?

—No, no, come tú.

Aunque estaba un poco salado, ambos se terminaron sus platos.

***

Jairo se fue primero a la oficina. Isabella se quedó un rato más en el departamento antes de salir. Justo cuando se iba, una empleada le entregó un termo con agua.

—Eres una mujer inteligente.

—Pero también sé lo que me corresponde y lo que no.

—Bella…

—Cámbielo, por favor. Déjeselo a Jairo.

Iván suspiró.

—Entonces me iré con un gran remordimiento.

—Se lo merece.

Aunque sus palabras fueron duras, a Iván le causaron gracia.

—Sí, me lo merezco.

Isabella todavía tenía algunas cosas en la mansión, así que subió a recogerlas. Cuando bajó, vio que Jairo había llegado en algún momento. Era evidente que había bebido de más.

—¡Debes de estar muy satisfecho ahora, eh! ¡Con todo lo que hiciste para verme sufrir así!

—¡Qué liberar de la jaula ni qué nada! ¡Mi jaula no se abrió, al contrario, ahora tiene un candado más!

—¡En tu arrogancia, me obligaste a casarme con Isabella, hiciste que me enamorara de ella, y luego me revelaste toda la verdad para que mi culpa por lo de Lili fuera aún mayor! ¡Ojalá nunca la hubiera conocido…!

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