Cuando Iván salió de la unidad de cuidados intensivos, su energía pareció renovarse de golpe. Todos sabían lo que eso significaba.
Insistió en que le dieran el alta y en que lo acompañaran a un lugar.
El cementerio en las afueras del oeste.
Isabella no quería ir, pero Iván se aferró a ella, suplicándole con palabras lastimeras que la ablandaron.
—¡Qué hombre tan manipulador! —dijo ella, con un nudo en la garganta.
Iván sonrió.
—Tan malo soy que, cuando muera, seguro me iré al infierno.
—No digas eso —lo reprendió Isabella, frunciendo el ceño—. Al menos fuiste un buen esposo y un buen padre.
El cementerio en invierno era un lugar desolado, donde solo quedaban las lápidas desnudas.
Marcela Crespo, extrañamente, se mantuvo lúcida todo el tiempo, e incluso su reacción al ver a Isabella fue contenida. Empujaba la silla de ruedas de Iván, y ambos avanzaban en silencio, con la mirada fija en un punto a lo lejos.
Jairo e Isabella los seguían de cerca, listos para ayudar si Marcela flaqueaba.
Nadie dijo una palabra en todo el camino.
Cuando llegaron a la tumba de Lilia y Marcela vio la foto en la lápida, su compostura se hizo añicos.
—¿Qué es este lugar? ¡Hace mucho frío aquí! ¡Lili no está aquí, ella nos está esperando en casa!
Habían pasado veinte años, pero Marcela seguía sin poder aceptar la muerte de su hija.
Mientras murmuraba, se dio la vuelta para irse, pero Iván la detuvo.
—Marcela, ¿ya lo olvidaste otra vez? Lilia murió hace veinte años.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...