Isabella miró a Iván, esperando que continuara.
—Fue en una cena de gala para inversionistas. Tú asististe como representante del Grupo Triunfo, y coincidimos en el mismo elevador. Pero al llegar al piso veinte, el elevador se averió y se detuvo de golpe. Tú, sin perder la calma, presionaste los botones de todos los pisos y, cuando un joven aterrado empezó a patear la puerta, lo contuviste hasta que llegó el equipo de rescate.
Isabella lo recordó, pero en ese momento no se había fijado en Iván. Él siempre había sido muy discreto, a menudo vestía de manera informal, pareciendo más un jubilado ocioso que un magnate de los negocios.
—Para entonces solo había visto fotos tuyas, pero te reconocí al instante. Pensé: «Qué mujer tan deslumbrante, qué afortunado será el hombre que se case con ella». Entonces ordené que te investigaran a fondo. Cuando supe todo lo que los Ibáñez te habían hecho, me enfurecí y les tendí una trampa para que los descubrieras.
—¿Y por qué pensó que yo era la indicada para Jairo?
—Fue una corazonada. Sentí que Jairo se enamoraría de ti, y que tú también te enamorarías de él.
Isabella sonrió.
—¿Y luego?
—Y luego, debo admitir que tuve un motivo egoísta. Esperaba que fueras la llave que liberara a nuestra familia de su jaula.
Isabella siguió sonriendo. Aunque Iván lo dijera así, ella sabía que esa última frase era la razón principal. Lo del elevador y los encuentros posteriores solo le confirmaron que ella tenía un carácter fuerte y que no se dejaría destruir por la situación.
Pero aun así, le estaba agradecida a Iván por haberle abierto los ojos sobre la verdadera cara de los Ibáñez, evitando que la engañaran como a una tonta año tras año, quizás toda una vida.
—Perdóname. Es lo último que te diré al final de mi vida —dijo Iván, lleno de remordimiento.
Isabella asintió.
—Lo acepto.
—Bella, no tienes que ser buena con todo el mundo.
—Pero usted es diferente a los demás.
Después de Elías Muñoz, él era la persona que más le había hecho sentir el cariño de un padre.
Jairo salió y se sentó junto a Isabella.
—Jai, perdóname por haberte hecho cargar con tanto desde tan joven —dijo Iván, mirando a su hijo con una mezcla de anhelo, arrepentimiento y, sobre todo, culpa.
Jairo extendió la mano y tomó la de su padre.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...