Por la noche, si ella no podía dormir, él tampoco dormía. Le acercaba el bote de basura, le traía agua y la abrazaba, dándole suaves palmaditas en la espalda.
Los días pasaban así, uno tras otro, como si todos aquellos sucesos traumáticos se hubieran alejado de sus vidas.
Pero…
—Siento que esta vida no es real —le confesó Isabella a Luna.
Luna guardó silencio por un momento.
—Todos están fingiendo.
—Sí, al menos yo lo hago. Y supongo que Jairo también.
—Pero quizás, bajo esa fachada, se pueda llegar a olvidar de verdad.
—¿Tú crees?
Luna sonrió.
—¿Acaso importa?
—¿Eh?
—Lo que deberías ver es el esfuerzo que él está haciendo por amarte.
Isabella se quedó un poco desconcertada, pero luego asintió con una sonrisa.
Era cierto. ¿Qué podía ser más importante que su amor por ella?
Después de hablar con Luna, Isabella se sintió mucho más tranquila. De camino a casa, Jairo le envió un mensaje diciendo que tenía que trabajar hasta tarde y que no lo esperara para cenar. También le preguntó qué se le antojaba, para comprárselo al salir del trabajo.
Isabella tenía antojo de mandarinas, de esas que todavía tienen la cáscara verde.
[Te las compro al volver a casa.]
Esa noche, Isabella seguía sin apetito, pero logró tomarse medio tazón de consomé.
Cuando se disponía a subir a descansar, recibió una llamada telefónica.
Salió un momento y, al regresar, ya había tomado una decisión.
Jairo no llegó a casa hasta casi la medianoche. Después de asearse, se acostó con cuidado detrás de ella y la arropó.
—Buenas noches, mi amor —susurró.
En realidad, Isabella no estaba dormida. Se dio la vuelta y se acurrucó en sus brazos.
—¿Por qué tan tarde?
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...