Isabella le pidió a Luna que no se preocupara y salió rápidamente.
Se trataba de un grupo de obreros con uniformes de trabajo, todos altos y corpulentos; a simple vista se notaba que eran gente de pleito. Sara y un colega de la oficina intentaban detenerlos, pero los apartaron de un solo empujón.
—¡Cualquier problema que tengan, lo arreglan conmigo! ¡No den un paso más! —exclamó Isabella, bloqueando la entrada a la habitación.
—Tú no eres Luna, ¡no tenemos nada que hablar contigo!
El que iba al frente, un tipo corpulento como un oso, la agarró del brazo para quitarla de en medio. Pero Isabella le sujetó la muñeca y se la torció. El hombre, sorprendido, soltó un quejido de dolor.
Al ver esto, los demás se acercaron para rodearla.
Isabella levantó los puños.
—Si vinieron a pelear, bajemos a hacerlo a otro lado para no molestar a los demás.
¡Qué agallas tenía!
Los ocho o nueve hombres se miraron entre sí. Aunque no le tenían miedo, tampoco veían la necesidad de llegar a los golpes, pues ese no era su objetivo.
—¿Y tú quién eres? —le preguntó el hombretón con aspecto de oso, arqueando una ceja.
—Soy la otra dueña de LI Diseño, me llamo Isabella. Luna está en cama en este momento y, como seguramente saben, está herida. Así que cualquier asunto que tengan, trátenlo conmigo —respondió Isabella con frialdad.
—¿Cómo que «seguramente sabemos»? ¡No tenemos ni idea de si está herida, cómo se hirió o quién la hirió! ¡No nos levantes falsos!
—¿Acaso dije que alguien de ustedes la hirió? ¿Por qué te alteras tanto?
—Yo… ¡no estoy alterado, solo…!
—Ya llamamos a la policía. Confío en que pronto encontrarán al culpable, así que no se impacienten.
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...