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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 482

Isabella le pidió a Luna que no se preocupara y salió rápidamente.

Se trataba de un grupo de obreros con uniformes de trabajo, todos altos y corpulentos; a simple vista se notaba que eran gente de pleito. Sara y un colega de la oficina intentaban detenerlos, pero los apartaron de un solo empujón.

—¡Cualquier problema que tengan, lo arreglan conmigo! ¡No den un paso más! —exclamó Isabella, bloqueando la entrada a la habitación.

—Tú no eres Luna, ¡no tenemos nada que hablar contigo!

El que iba al frente, un tipo corpulento como un oso, la agarró del brazo para quitarla de en medio. Pero Isabella le sujetó la muñeca y se la torció. El hombre, sorprendido, soltó un quejido de dolor.

Al ver esto, los demás se acercaron para rodearla.

Isabella levantó los puños.

—Si vinieron a pelear, bajemos a hacerlo a otro lado para no molestar a los demás.

¡Qué agallas tenía!

Los ocho o nueve hombres se miraron entre sí. Aunque no le tenían miedo, tampoco veían la necesidad de llegar a los golpes, pues ese no era su objetivo.

—¿Y tú quién eres? —le preguntó el hombretón con aspecto de oso, arqueando una ceja.

—Soy la otra dueña de LI Diseño, me llamo Isabella. Luna está en cama en este momento y, como seguramente saben, está herida. Así que cualquier asunto que tengan, trátenlo conmigo —respondió Isabella con frialdad.

—¿Cómo que «seguramente sabemos»? ¡No tenemos ni idea de si está herida, cómo se hirió o quién la hirió! ¡No nos levantes falsos!

—¿Acaso dije que alguien de ustedes la hirió? ¿Por qué te alteras tanto?

—Yo… ¡no estoy alterado, solo…!

—Ya llamamos a la policía. Confío en que pronto encontrarán al culpable, así que no se impacienten.

Isabella frunció el ceño. Luna había dicho que quien la había atacado era precisamente ese compañero con el que discutió, un tal Clemente. Y ahora ellos decían que él estaba hospitalizado. Esto…

—¡Están mintiendo! ¡Nuestra Luna solo discutió con él, no le puso un dedo encima! ¿Cómo podría estar herido y en el hospital? —intervino Sara, corriendo hacia ellos.

El líder del grupo la fulminó con la mirada.

—¿Pues qué, estás ciega? ¿No viste cómo esa mujer empujó a Clemente y lo tiró al suelo?

—Perdió el equilibrio él solo, trastabilló y se cayó.

—¡Puras mentiras! Todos vimos cómo su amiga lo empujó y por eso se cayó. Al principio pensamos que no era nada, pero al regresar al trabajo empezó a quejarse de un dolor terrible en el coxis y tuvo que ir al hospital. Resulta que en la revisión le encontraron un hueso roto. No podrá trabajar en los próximos meses, así que tienen que pagarle los gastos médicos, el sueldo perdido, una indemnización por daños morales, y además cubrir los gastos de nutrición y rehabilitación. También tendrán que contratarle un cuidador y, por último, ir a su casa a pedirle perdón.

—¿Se rompió un hueso solo por caerse sentado? ¡Además, se cayó él solo, no tiene nada que ver con Luna! —exclamó Sara, con el rostro enrojecido por la ira.

—El caso es que está en el hospital, esperando tratamiento. ¡Así que ya sáquense el dinero!

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