Adriana tuvo que llamar tres veces antes de que Víctor contestara.
—¡Habla rápido y no me hagas perder el tiempo, estoy ocupado!
Adriana frunció el ceño; detestaba profundamente el tono con el que Víctor le hablaba, como si ella fuera basura.
—¿Dónde estás? ¿Por qué hay tanto ruido?
—¿A ti qué te importa?
—Víctor, hoy es mi cumpleaños. Eres mi prometido, ¿cómo es posible que no vengas a mi fiesta?
—¿Eso es todo?
—¡Tú...!
—Cuelgo.
—¡Víctor, no olvides que somos socios! ¡Yo te ayudé, tú tienes que ayudarme a mí!
—¡Te dije que no tengo tiempo!
—¿Qué diablos estás haciendo?
—Soy extra en una película.
—¿Qué?
—Alguien me dijo hace poco que Dios me dio una cara tan guapa que sería un desperdicio no ser actor.
Adriana sintió que se le nublaba la vista del coraje.
—Quiero que estés en mi casa en una hora, o si no...
No pudo terminar la frase porque él le colgó el teléfono.
—¡Víctor! —gritó Adriana llena de frustración al teléfono.
Justo cuando iba a volver a marcar, vio a Isabella corriendo hacia ella con una expresión extraña en el rostro.
Unos minutos después, todos los presentes estaban en shock.
Las dos cumpleañeras, las dos nietas de la familia Méndez, se estaban peleando a golpes. Jalones de pelo, patadas, sin importarles el lugar ni la imagen; una pelea en toda regla.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...