—Abuelo, ¿por qué te pones así de repente? ¿Isabella te dijo algo?
—Me dijo varias cosas, pero no sé si deba creerle. —Julen respiró hondo—. La ropa sucia se lava en casa. Ahorita te vienes conmigo, tenemos que hablar muy seriamente.
Dicho esto, Julen se dio la media vuelta y se fue.
Al ver que el anciano se marchaba de verdad, Adriana pataleó del coraje.
Estuvo a punto… a punto de lograrlo.
Esa maldita Isabella, siempre le arruinaba los planes. Su madre tenía razón, debieron deshacerse de ella. Pero, ¿qué le habría dicho a Julen para que cambiara de opinión tan rápido?
Adriana entró a la sala, anunció la cancelación y salió corriendo a buscar un lugar privado para llamar a Ivana.
Al enterarse de que la asamblea se había cancelado, Ivana estalló en insultos contra Isabella.
—¡Maldita perra, esta vez no se la voy a perdonar!
—Mamá, el abuelo quiere que vaya a la casa con él. Dice que tiene algo que preguntarme. Su cara me dio mala espina, ¿crees que ya lo sepa?
—Imposible. —Ivana trató de calmar a su hija—. No te hagas ideas en la cabeza, cubrimos muy bien nuestros rastros.
—Pero mi papá se enteró.
—¿Crees que se enteró apenas? Lo sabía desde hace mucho.
—Si papá ya lo sabía, ¿por qué no nos delató?
—Tu padre es un hombre muy calculador… Olvídalo, no es momento para eso. Vente para acá y ya veremos cómo improvisamos.
En la residencia Méndez, Julen no se anduvo con rodeos. Aventó el sobre sobre la mesa frente a Ivana y Adriana.
Ivana lo tomó, lo abrió y, al ver las dos pruebas de paternidad, se quedó helada. Adriana también las vio y su rostro se puso blanco como el papel.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...