Jairo soltó un bufido; aunque esa frase le alegró el corazón, no pudo evitar responder con sarcasmo:
—Eso demuestra que no estás ciega.
—Acepto el cumplido.
Jairo no pudo contener la risa.
—¡No creas que con esto te voy a perdonar! Abandonarme y obligarme a divorciarnos… esa cuenta la vamos a saldar poco a poco.
—Ay. —Isabella hizo un puchero a propósito.
Al verla así, Jairo puso cara seria de inmediato.
—¿Todavía no estás conforme? ¿Quieres huir otra vez?
—En realidad estaba pensando…
—¿Qué?
—Que como es imposible que me perdones, mejor nos quedamos así toda la vida: tú siendo mi niñero para siempre.
—¡Sigue soñando!
Dicho esto, Jairo colgó.
Isabella se sentía de maravilla. Al llegar al estacionamiento, escuchó risas y, al mirar a lo lejos, vio a una mujer con vestido de noche rojo siendo acosada por tres hombres.
—Mamacita, nosotros tres te invitamos un trago, ¿qué dices?
—Te garantizamos que esta noche te la vas a pasar de lujo.
—Y luego te vamos a atender como te mereces.
Por su ropa y actitud, los tres tipos parecían unos malvivientes. Le bloqueaban el paso a la mujer mientras se reían con morbo.
—Si no me dejan en paz, voy a llamar a la policía —dijo la mujer con voz fría.
—¿A la policía? Jajaja, ¿crees que nos da miedo?
La mujer no perdió tiempo y sacó su celular, pero el más alto de los tres se lo arrebató de un manotazo y lo estrelló contra el suelo.
—Para serte sincero, sí nos da miedo.
El tipo se acercó a la mujer, le quitó la bolsa y también la tiró al piso, intentando agarrarla del brazo. Ella, asustada, retrocedió y miró a los lados, pero no había nadie. Intentó correr, pero el que estaba detrás la atrapó.
—Uff, esta parece estar aún mejor.
Isabella soltó una risa burlona. Sacó su celular y lo agitó frente a la cara del hombre en señal de provocación. Él lanzó una mirada feroz e intentó quitárselo, pero Isabella lo esquivó.
El hombre apretó los dientes y se le abalanzó. Isabella se paró de lado y le soltó una patada directo en la cintura.
El sujeto perdió el equilibrio y cayó al suelo tropezándose.
—¡Maldita sea, esta es brava!
Los otros dos, al ver que su compañero había caído, se lanzaron a ayudar.
Justo hacía tiempo que Isabella no practicaba, así que aprovechó. Pateó a uno en el aire, agarró al otro y le aplicó una llave de judo, azotándolo contra el pavimento.
Los tres hombres se quedaron aturdidos un momento, pero se levantaron de inmediato.
—No íbamos en serio contigo, pero ¿segura que quieres meterte en lo que no te importa?
Isabella hizo una mueca.
—Esa pregunta debería hacérselas yo a ustedes. ¿Seguros que quieren seguir peleando conmigo?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...