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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 736

—Gina se mojó la ropa por accidente mientras cocinaba, así que le dije que se pusiera algo tuyo —dijo Sebastián deteniendo a Regina y mirando a Helena—. Solo se la puso un rato, ¿por qué te enojas?

Helena no supo qué responder a eso, pero Isabella intervino.

—Es ropa de estar en casa, se usa pegada a la piel. Imagínate si ella tuviera alguna enfermedad y se pone tu ropa... guácala, qué asco —dijo Isabella con cara de repulsión.

—Tú... ¿estás diciendo que tengo alguna enfermedad? ¡Eso es demasiado! —chilló Regina, alterada.

—Solo digo que la ropa de casa es algo muy personal. Cualquiera con dos dedos de frente no se pondría la de alguien más.

—Señorita Quintero, usted...

—Señor Saldaña, ¿a poco usted no llega al extremo de compartir los calzones con otros?

Sebastián se quedó mudo.

Isabella hizo una mueca.

—Si de verdad tienen esos gustos, entonces son unos enfermos.

—¡Oye! ¿Quién es esta persona que trajiste? ¿Por qué habla de forma tan grosera? —Sebastián finalmente explotó.

Helena puso un semblante serio.

—La señorita Quintero es mi amiga, ¡te pido que la respetes!

—¿No escuchaste lo que dijo?

—¿Dijo alguna mentira?

Sebastián respiró hondo varias veces para calmarse.

—Olvídalo, no quiero pelear contigo hoy.

Regina tiró de la manga de Sebastián con falsa timidez.

—Ayer fue mi culpa por no confirmar varias veces, fue un descuido en mi trabajo. Es justo que la ingeniera Cordero esté enojada conmigo.

—Apenas empezaste a trabajar, te falta experiencia, los errores son inevitables.

—Pero la ingeniera Cordero está muy molesta.

—Buaaa, ingeniera Cordero, perdóneme. No se enoje con Sebastián, todo es culpa mía. —Regina rompió a llorar, haciéndose la mártir.

Lo peor era que su disculpa sonaba tan falsa que Isabella no lo soportó.

—¡La pareja está discutiendo, a ti qué te importa! ¡Si tienes tantas ganas de llorar, vete a llorar con tu madre!

Helena, harta de todo, jaló a Isabella para irse, pero Sebastián la detuvo.

Suspiró profundamente.

—El maestro me encargó cuidar a Gina. Sabes que le debo mucho al profesor, no puedo hacerle ese desaire. La niña ya admitió su error, no sigas enojada, perdónala por esta vez.

—Uy, resulta que es una niña —dijo Isabella chasqueando la lengua—. Entonces, señor Saldaña, ¿en el fondo la considera su hija o qué?

—Yo no dije...

Isabella tomó a Helena del brazo.

—Tu hija ya te pidió perdón, anda, mamá, perdónala.

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