Isabella estaba malinterpretando todo a propósito, pero aun así logró que Sebastián y Regina rechinaran los dientes de coraje.
Helena, al ver lo incómodos que estaban esos dos tras la regañiza, se sintió mucho mejor.
Ya que habían montado el escenario, si ella no subía a actuar, parecería la culpable.
—Aún no he probado la sazón de Regina. Tengo curiosidad por saber qué tan rico cocina como para que mi esposo no deje de elogiarla. —Dicho esto, Helena llevó a Isabella hacia el comedor.
Isabella le asintió a Helena.
—Bien hecho. Tienen que saber quién manda para que no se atrevan a molestarte otra vez.
Helena resopló.
—¿Sabes qué sentí cuando entramos y los vi tan acaramelados?
—¿Qué?
—Asco.
Isabella asintió.
—Sí, bastante asco.
Ambas se sentaron, y Sebastián hizo lo mismo. Regina se quedó en la cocina terminando los detalles y luego fue sacando los platillos uno por uno, colocándoles los cubiertos a los tres con un servicio impecable.
Antes de sentarse, puso un pescado al vapor especialmente frente a Sebastián.
—Sebastián, como has tenido úlceras últimamente, no puedes comer picante. Te hice este pescado al vapor solo para ti.
Isabella le levantó el pulgar a Regina al instante.
—¡Qué hija tan obediente y considerada!
Helena casi escupe el agua que estaba tomando.
Sebastián, que al principio se había contenido porque Isabella era una invitada, ahora la fulminaba con la mirada sin disimulo. ¿De dónde había salido esa mujer y por qué tenía la lengua tan afilada?
Los ojos de Regina se enrojecieron de nuevo, posando como si la estuvieran intimidando y no pudiera defenderse.
—Disculpa, ¿cuáles son los camarones? —preguntó Isabella a propósito.
Regina ya sabía que no debía meterse con ella, así que la ignoró.
Al ver que no respondían, Helena no dejó caer el ambiente y señaló el plato frente a ella.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...