La mujer tenía todo el porte de una directiva. Cruzó la pierna izquierda sobre la derecha, se recargó en el respaldo de la silla y sonrió levemente.
—El Grupo Triunfo tiene una reputación muy sólida.
Al oír eso, a Otilia le brillaron los ojos.
—Señorita Quintero, con que usted lo diga, nos deja mucho más tranquilos.
La mujer bajó la mirada.
—Es solo que su propuesta de diseño necesita algunas modificaciones. Son cambios necesarios, claro, no quiero que piensen que les estoy poniendo las cosas difíciles.
—No, para nada. Al contrario, le pedimos que nos indique exactamente qué debemos cambiar para poder hacerlo de la mejor manera.
Mientras hablaba, Otilia sacó su celular, con la intención de agregar a la mujer a WhatsApp.
La mujer aceptó, lo que emocionó aún más a Otilia.
—Les envío los detalles más tarde. Una vez que lo corrijan, no debería haber mayor problema.
Otilia no cabía en sí de la alegría. Intercambió una mirada con Gabriel y sacó un sobre de papel de su bolso. Era evidente lo que contenía: era abultado y pesado.
—Señorita Quintero, un pequeño detalle de nuestra parte. Por favor, acéptelo.
La mujer lo rechazó de inmediato.
—No, de ninguna manera. Si alguien se entera, ¿quiere que me corran o qué?
—No le diremos a nadie. Además, no es por otra cosa, solo queremos ser sus amigos.
Gabriel, tratando de mantener su pose como heredero del Grupo Triunfo, añadió con falsa indiferencia:
—Es una pequeñez, no vale la pena mencionarlo. Por favor, acéptelo, señorita Quintero.
La mujer fingió dudar, pero ante la insistencia de Otilia, finalmente lo aceptó y lo guardó rápidamente en su bolso.
—Definitivamente, ustedes dos son amigos que vale la pena tener. Brindemos por nuestra futura colaboración.
Levantó su copa. Otilia la imitó de inmediato, mientras que Gabriel, manteniendo las apariencias, se unió a ellas con un gesto más lento y chocó su copa con las suyas antes de dar un sorbo.
La mujer se retiró primero a su habitación. En cuanto se fue, Otilia agarró a Gabriel del brazo, emocionada.
—Por la actitud de la señorita Quintero, ¡seguro que esta vez aprueban nuestro diseño! ¡Este proyecto es nuestro!
Gabriel soltó un suspiro de alivio.
—Al final, que viniera el heredero en persona tuvo su peso. Tenía que mostrarme algo de respeto.
Isabella parpadeó.
—¿No habíamos terminado? Ah, cierto, todavía no nos hemos divorciado.
Al mencionar el divorcio, que antes la habría enfurecido, ahora solo le causaba risa.
Se reía de toda la familia Ibáñez y de sí misma, por haber sido engañada por una bola de ineptos.
—¡Y todavía sabes que no estamos divorciados! ¡Eso significa que sigues siendo mi esposa! —le gritó Gabriel, acercándose a grandes zancadas.
—¿Trajiste el acta de matrimonio?
—¿Q-qué?
—¿Y si… nuestra acta de matrimonio fuera falsa? —dijo Isabella, con una mirada profunda.
—¡Qué ridículo! ¡Cómo va a ser falsa!
Isabella soltó una risa amarga. Más ridículo era que él, Gabriel, pudiera decir esa mentira sin que le temblara la voz.
—Bella, siempre has intentado manipularnos con el proyecto del Grupo Domínguez. Pero ahora ese proyecto tiene una nueva encargada y, como acabas de ver, nos llevamos muy bien con ella. Así que tú ya no tienes ningún papel en todo esto.
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...