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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 85

Isabella se quedó tiesa. «¿Y a este qué le pasa?».

—Tú…

—Hay un pez gordo que me quiere de yerno.

—…

—No supe cómo decirle que no, así que le pedí a Hernán que te llamara.

Isabella procesó la información. «O sea que no había ningún documento importante, solo se inventó una excusa para que viniera y montara este numerito».

—Podías habérmelo dicho directamente, no tenías que engañarme.

—¿Y habrías venido?

—Claro, siempre y cuando escucharas con atención mi propuesta…

—¿Ves? Nada en esta vida es gratis.

—Tampoco está bien que siempre quieras todo regalado, ¿no?

—Si puedo conseguir algo gratis, lo aprovecho. Me encanta sacar ventaja.

Dicho esto, Jairo la soltó.

Isabella miró disimuladamente hacia atrás y, efectivamente, vio a un hombre mayor negando con la cabeza mientras se retiraba.

Volvió a mirar a Jairo. Él tenía un cigarro en la boca, pero al buscar en sus bolsillos no encontró el encendedor.

Isabella, al instante, sacó uno de su propio bolsillo, lo encendió y le acercó la llama con una sonrisa complaciente.

—Como puede ver, no solo sirvo de escudo. También le puedo ofrecer un servicio integral.

Jairo se inclinó ligeramente y ladeó la cabeza para encender el cigarro.

Le dio una calada y sonrió.

—¿Y a todos tus clientes les ofreces un servicio integral?

—Por supuesto. Porque el cliente es papá.

—¿Entonces por qué no me llamas así?

Isabella rodó los ojos y le jugueteó con la corbata.

—¿Qué te parece si te lo digo en la noche, en la cama?

Jairo la miró de reojo y le dio otra calada profunda al cigarro.

A Gabriel se le infló el ego al escuchar eso.

—Sí, la verdad es que conozco a bastantes personas.

—¿Quizás en otra ocasión Gabriel podría presentarme a sus amigos, señorita? —aprovechó Otilia.

—¡Me encantaría! A mí me fascina hacer amigos.

—Señorita, revisé con cuidado los puntos que me envió para corregir. En cuanto regrese, los ajusto y se los mando de inmediato.

—No hay prisa, no hay prisa. Conmigo de su lado, este proyecto ya es de ustedes.

—¡Qué maravilla!

Isabella ya no sabía ni qué pensar. «Ahora hasta la llama por su nombre de pila. ¿Por qué no le dice ‘mamá’ de una vez?».

«Por favor, incluso si no se dan cuenta de que su identidad es falsa, ¿esa frase no la delata? ¿Un proyecto tan importante para la empresa decidido por el capricho de una sola persona?».

«¿Dónde dejaron el cerebro? ¡Siguen sin usarlo!».

Gabriel y los demás no tardaron en ver a Isabella. Ambos pusieron cara de fastidio, como si estuvieran convencidos de que los estaba siguiendo.

***

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