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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 86

Isabella puso los ojos en blanco. «Para su información, yo llegué primero».

—Bella, no me digas que viniste a comer aquí —dijo Otilia, negando con la cabeza.

—¿Y a qué más vendría si no es a comer?

—En este restaurante no cualquiera consigue una mesa.

—Pues de eso no tienes que preocuparte tú.

Gabriel suspiró con fastidio.

—¿Podrías dejar de hacer el ridículo, por favor?

—Aunque hiciera el ridículo, no es asunto tuyo, ¿o sí?

—¡Isabella, este proyecto ya no volverá a tus manos! Y no es por otra cosa, ¡es porque no tienes la capacidad!

Isabella estuvo completamente de acuerdo con esa afirmación.

—Definitivamente, no tengo la capacidad que tienen ustedes dos.

No eran capaces de ver ni la estafa más simple.

—Señor Ibáñez, ¿quién es ella? —preguntó la mujer.

—Mi… mi esposa.

—¿Ah, sí? Pensé que la señorita Soto era su esposa.

—No, no, ella no.

—Pues yo creo que hacen una muy bonita pareja.

Isabella le levantó el pulgar a la mujer. No sabía qué tan buena era para estafar, pero para atinarle a la verdad, era experta.

Gabriel ya se estaba molestando.

—¡Isabella, lárgate de aquí!

—¡No quiero!

—¿Quieres que te saquen a la fuerza?

Apenas terminó de decir eso, un mesero se acercó.

—Disculpe, señorita, ¿tiene reservación? —preguntó.

—No tiene, puede pedirle que se vaya —se adelantó Gabriel a responder por ella.

—Si no tiene, entonces lo siento mucho —dijo el mesero.

—Bella, ¿ves? Qué pena. Me das vergüenza ajena —dijo Otilia con una mueca.

—Ella no era así antes, ¿por qué cambió tanto?

—Quizás porque… ha estado con otros hombres.

—Bah, ya se arrepentirá.

Isabella se sentó, pidió algunos platillos y sacó su celular para tomar fotos del paisaje. Justo después, vio a Gabriel y su grupo sentarse en la mesa de al lado.

Ya no le prestaron atención; en su lugar, se dedicaron a halagar a la falsa directiva.

La mujer, a propósito, los mantenía en ascuas. De vez en cuando mencionaba algo sobre la colaboración, y ellos reaccionaban al instante, deshaciéndose en atenciones.

—Isabella, este collar lo compré esta mañana en una de las tiendas de lujo de la isla. Creo que combina a la perfección con su elegancia —dijo Otilia, levantándose para ponérselo.

La mujer le dio unas palmaditas en la mano a Otilia.

—La próxima vez que entregues los borradores, ve directamente a mi oficina. Si les doy el visto bueno, solo tendrán que esperar para firmar el contrato.

—Eso sería maravilloso. Por favor, guíeme en todo lo que necesite.

—Claro que sí, mi niña.

Al ver tanta cercanía, Isabella les tomó una foto. «Cuando regrese, la voy a imprimir y la colgaré en la pared de mi casa. Cada vez que esté de mal humor, la miraré y seguro me sacará una carcajada».

***

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