Tal como dijo Isabella, entraron al gran puente. Mirando a ambos lados desde ahí, se podía ver el arroyo y el mar de flores, tan hermoso como ella lo había descrito.
—Y más adelante hay terrazas de cultivo...
Isabella hablaba sin parar con Jairo, sin poder ocultar la felicidad y emoción en su rostro.
Jairo soltó una risita.
—Te gusta más vivir en ese pueblo que en Nublario, ¿no?
—¡Claro! Me encanta...
Se detuvo en seco al darse cuenta de su error. Miró de reojo a Jairo y vio que, efectivamente, se había molestado un poco, así que trató de arreglarlo rápido:
—El pueblo tiene todo bueno, menos una cosa.
—¿Cuál?
—Que no estás tú.
Jairo curvó los labios en una sonrisa, pero no pensaba dejársela tan fácil.
—Conoces tan bien el camino de Nublario al pueblo, debiste haber ido y venido muchas veces, ¿no?
—Iba y venía como dos o tres veces al mes. La empresa que puse con Luna apenas empezaba, había muchas cosas pendientes y variadas, no podía dejárselo todo a ella sola, tenía que ayudar.
—Dos o tres veces al mes a Nublario, y sin embargo nunca nos encontramos.
—Nos encontramos una vez.
—¿Ah, sí?
—Fue mucha coincidencia. Luna y yo fuimos a comer a un restaurante bastante privado, y tú y los muchachos, Ignacio y los demás, estaban en el salón de enfrente.
Al recordar esa vez, Isabella sintió una punzada de incomodidad.
Ignacio Rodríguez había llevado a una mujer, parecía ser su prima o algo así, para presentársela a Jairo. La mujer tenía un aire elegante y culto. Jairo parecía conocerla y se pusieron a platicar muy animados.
Ignacio y los otros aprovecharon para inventar una excusa y marcharse, dejándolos solos a Jairo y a la mujer.
Ella estaba sentada detrás de la puerta de enfrente, viendo todo perfectamente; obviamente no se sintió nada bien. En ese momento tuvo el impulso de ir a arruinarles la cita, pero justo escuchó a Ignacio y a Thiago hablando en el pasillo fuera de su reservado.
—¿Crees que funcione entre ellos? —preguntó Thiago.
—Funcione o no, Jairo tiene que conocer a otras mujeres, no puede quedarse clavado con Isabella toda la vida.
—Así habría pensado que estaba borracho y que eras una alucinación. Y si eras una alucinación, te habría dicho honestamente cuánto te odio y, al mismo tiempo, cuánto te amo.
Isabella sintió un nudo en la garganta al escucharlo.
—Perdóname, no debí haberte dejado.
—No digas esas palabras. Cada vez que lo dices, me dan ganas de darte una buena...
—¿Paliza?
—Revolcada en la cama.
—¡Ejem! —Isabella le rodó los ojos—. Están los niños.
—El que lee ya está en su mundo, no oye nada, y el que no lee ya se durmió.
Isabella volteó hacia atrás y, efectivamente, Lucas leía inmerso en su libro y Samuel dormía plácidamente con la cabeza de lado.
Suspiró.
—Son igualitos a ti y a Víctor, un extremo y el otro.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...