—¡Ese terreno es nuestro, así que lo que esté construido encima también nos pertenece!
—Claro que no funciona así —negó el oficial con la cabeza, dándose cuenta de que tendría que darle unas clases rápidas de derecho—. Si usted insiste en meterse a la mala a esa propiedad, está cometiendo un delito.
—¡A mí me vale, esa es nuestra casa y me la voy a quedar, sea como sea! —berreó la mujer.
El policía suspiró, agotado.
—Bueno, entonces nos va a tener que acompañar a la comandancia para explicarle la ley con peras y manzanas.
Dicho y hecho, los dos oficiales amagaron con llevársela.
Los vecinos brincaron al instante a interceder por ella, explicándoles que tenía un marido que no podía valerse por sí mismo y que, si se la llevaban presa, no habría nadie que lo cuidara.
En realidad, los policías solo querían darle un susto.
—Se lo advierto por última vez —le dijo el oficial—. Deje de andar amenazando a la gente. Si vuelve a armar un escándalo, me la llevo detenida, ¡y va en serio!
Después de la regañiza, se dirigieron a Isabella y le indicaron que, si la señora volvía a molestarla, no dudara en volver a marcarles.
Apenas se perdió de vista la patrulla, la casera cambió de táctica, se dejó caer al suelo en la entrada de su casa y armó un berrinche marca diablo.
—¡Soy una pobre mujer sola! ¡Tengo que pagarle los estudios a mi muchacho y encima cuidar a un marido postrado en una silla! ¡Alguien que se apiade de mí! Llevamos décadas siendo vecinos y en lugar de apoyarme a mí, se ponen de parte de ella. ¿No les remuerde la conciencia?
Los vecinos que tenían intenciones de consolarla se sintieron ofendidos y mejor optaron por irse a sus casas.
Isabella se acercó a la señora y, tomando aire, le dijo:
—Yo recuerdo muy bien cuando Floriana y yo nos mudamos aquí con los niños todavía de brazos. Usted veía lo difícil que era para nosotras y muchas veces nos echó la mano con la comida o cuidándonos a los bebés cuando tenía tiempo. Nosotras nunca hemos olvidado lo buena que fue en ese entonces.
Al escuchar esto, la mujer bajó el volumen de sus sollozos.
—¡Si tanto me agradecen, entonces regrésenme mi casa!
—Por eso mismo, cuando su marido se puso grave, yo le moví mis contactos en el hospital y Floriana se la pasó llevándola y trayéndola sin cobrarle un centavo.
—¡Yo lo único que quiero es esa casa!
—No se la voy a dar.
—Pero si ustedes tienen muchísimo dinero...


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...