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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 886

Dijo eso mientras se despedía de Isabella con la mano.

Isabella la vio salir y luego le preguntó a Víctor desde cuándo se conocían.

—Pues llevaré como un mes de conocerla. Es súper pro en esto de la escalada; un día coincidimos por casualidad, platicamos súper a gusto y me invitó a escalar, así que me animé. Desde esa vez le volví a agarrar el gusto. Ahora es mi compañera y nos lanzamos a trepar cada que podemos.

Al ver que Víctor estaba de lo más relajado, Isabella decidió no preguntar más.

Los niños se quedaron haciéndole compañía a Carlota en el hospital hasta que se hizo bastante tarde. Cuando los tres ya se caían de sueño, Isabella por fin se llevó a Samuel y a Lucas.

Como no se quedaba tranquila con lo de Carlota, a la mañana siguiente regresó temprano. En el elevador se topó con una mujer que traía una camisa floreada y unos shorts de mezclilla; traía el pelo rizado pero todo alborotado y hecho bolas. A la chava no parecía importarle, pues estaba recargada en la pared del elevador soltando bostezos.

Cuando se abrieron las puertas, la mujer salió primero e Isabella la siguió.

De pronto, mientras caminaban, se dieron cuenta de que iban hacia la misma habitación, así que, obviamente, iban a visitar a la misma persona.

—¿Y tú eres? —le preguntó la mujer.

Isabella se imaginó que quería saber su relación con Víctor, así que le contestó:

—Soy la cuñada de Víctor.

—Ah, de los Crespo.

—¿Y tú eres?

—Digamos que una mala influencia.

A Isabella le dio un poco de risa, no podía creer que alguien se presentara así.

—Me llamo Martina Palacios.

—Ah, he escuchado a Floriana platicar de ti.

Intercambiaron un par de palabras antes de entrar, y al abrir la puerta se quedaron de piedra.

Resulta que en la cama de Víctor había dos personas. Uno era él, y la otra era la mujer del día anterior. Víctor estaba de lado, dándole la espalda a ella, mientras que la mujer lo tenía abrazado por la cintura. Estaban profundamente dormidos.

Martina soltó una maldición, se le fue encima a Víctor y empezó a agarrarlo a trancazos.

—¿No que ya habías enderezado el camino y no andabas de rabo verde? ¿Qué fregados es esto? ¿Y esta quién es?

—¡Poca madre! ¡Ni siquiera están solos, aquí hay una niña!

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