Dijo eso mientras se despedía de Isabella con la mano.
Isabella la vio salir y luego le preguntó a Víctor desde cuándo se conocían.
—Pues llevaré como un mes de conocerla. Es súper pro en esto de la escalada; un día coincidimos por casualidad, platicamos súper a gusto y me invitó a escalar, así que me animé. Desde esa vez le volví a agarrar el gusto. Ahora es mi compañera y nos lanzamos a trepar cada que podemos.
Al ver que Víctor estaba de lo más relajado, Isabella decidió no preguntar más.
Los niños se quedaron haciéndole compañía a Carlota en el hospital hasta que se hizo bastante tarde. Cuando los tres ya se caían de sueño, Isabella por fin se llevó a Samuel y a Lucas.
Como no se quedaba tranquila con lo de Carlota, a la mañana siguiente regresó temprano. En el elevador se topó con una mujer que traía una camisa floreada y unos shorts de mezclilla; traía el pelo rizado pero todo alborotado y hecho bolas. A la chava no parecía importarle, pues estaba recargada en la pared del elevador soltando bostezos.
Cuando se abrieron las puertas, la mujer salió primero e Isabella la siguió.
De pronto, mientras caminaban, se dieron cuenta de que iban hacia la misma habitación, así que, obviamente, iban a visitar a la misma persona.
—¿Y tú eres? —le preguntó la mujer.
Isabella se imaginó que quería saber su relación con Víctor, así que le contestó:
—Soy la cuñada de Víctor.
—Ah, de los Crespo.
—¿Y tú eres?
—Digamos que una mala influencia.
A Isabella le dio un poco de risa, no podía creer que alguien se presentara así.
—Me llamo Martina Palacios.
—Ah, he escuchado a Floriana platicar de ti.
Intercambiaron un par de palabras antes de entrar, y al abrir la puerta se quedaron de piedra.
Resulta que en la cama de Víctor había dos personas. Uno era él, y la otra era la mujer del día anterior. Víctor estaba de lado, dándole la espalda a ella, mientras que la mujer lo tenía abrazado por la cintura. Estaban profundamente dormidos.
Martina soltó una maldición, se le fue encima a Víctor y empezó a agarrarlo a trancazos.
—¿No que ya habías enderezado el camino y no andabas de rabo verde? ¿Qué fregados es esto? ¿Y esta quién es?
—¡Poca madre! ¡Ni siquiera están solos, aquí hay una niña!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...