—¿Piensas seguirme al baño de hombres?
El repentino sonido sacó de golpe a Martina de sus recuerdos. Al levantar la vista, se encontró con Romeo, quien la miraba fijamente con unos ojos profundos y oscuros.
Echó un vistazo rápido a su alrededor y se dio cuenta de que, en efecto, lo había seguido hasta los lavabos, justo en la puerta del baño de hombres.
—Con permiso.
Un hombre que intentaba entrar, y que Martina bloqueaba, le dio un toque en el hombro.
—El de mujeres está por allá. Si no sabes leer, chécate los dibujitos. No creo que estés ciega, ¿o sí?
Martina estuvo a punto de soltar una disculpa por inercia, pero su carácter afloró de inmediato.
—¡Ciego tú, idiota!
—Óyeme, estás bloqueando la entrada del baño de hombres, ¿y todavía te pones al brinco?
—¡Mejor métete y lávate el hocico!
—¡Tú...! —El tipo casi explota del coraje, pero al ver la facha de rebelde que traía Martina, se dio cuenta de que era mejor no buscarle pleito. Dio el asunto por perdido y se metió sin decir más.
Después de contestarle al hombre, Martina buscó a Romeo con la mirada, pero descubrió que él ya había entrado hace rato.
Apretó los labios y retrocedió, saliendo de la zona de los lavabos. Él la había reconocido, pero la había mirado como si fuera una perfecta extraña. Aunque, pensándolo bien, ella nunca había sido nadie especial para él.
Cuando la empresa de su familia se fue a la quiebra, su padre la obligaba a ir con Romeo a pedirle dinero. Si ella se negaba, recibía golpizas constantes. Romeo la vio llena de moretones, pero jamás se preocupó por ella ni dio la cara para defenderla.
Su padre usó todo tipo de chantajes, por las buenas y por las malas, y como ella se mantenía firme, al viejo no le quedó de otra que tragarse el orgullo y rogarle él mismo.
Romeo les dio el dinero. Una y otra vez.
Cuando Martina por fin aceptó que su familia era un pozo sin fondo, y notó que Romeo la aborrecía cada vez más por eso, decidió terminar la relación.
Fue evidente el alivio en la cara de Romeo en aquel entonces. Él le respondió que la palabra "terminar" no era la correcta, porque para él, lo único que estaban haciendo era cancelar el compromiso matrimonial.
Nunca admitió que hubieran sido novios. O tal vez no es que no lo admitiera, sino que genuinamente nunca lo vio de esa manera; jamás había invertido nada emocional en ella.
A la fecha, seguía sin arrepentirse de su decisión. Podía llegar a casarse con un hombre que no la amara, o que incluso la odiara, pero ese hombre no podía ser Romeo, la persona a la que más había amado y valorado.
Martina sabía que debía irse de ahí, pero sus pies no le respondían. Luego pensó que, en realidad, quería dejar las cosas claras con él de una vez por todas.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...