Después de darse su flor, el par de borrachos se puso a cantar a todo pulmón.
Carlota se despertó por el ruido, se sentó en la cama y se les quedó viendo.
—¿Mi papá está borracho?
Isabella ya estaba hasta la coronilla con la situación. Sin decir una sola palabra, cargó a Carlota en brazos, le avisó a la enfermera que se retiraban y se la llevó a su casa.
A la mañana siguiente, muy temprano, Isabella regresó al hospital con Carlota para que le pusieran su tratamiento. Lina seguía ahí. Justo iba saliendo del baño lavándose la cara, echó un vistazo rápido a Isabella y se fue derechito hacia la cama de Víctor.
Él seguía profundamente dormido, pero Lina le dio un par de palmadas para despertarlo.
—Ya despierta, ahorita viene la enfermera a ponerte el suero.
Víctor, todavía con la cara de dormido, abrió los ojos y se quedó pasmado al verla.
—¿Qué haces aquí?
Lina puso los ojos en blanco.
—Ayer en la noche te traje a rastras, por si no te acuerdas.
Víctor hizo memoria y recordó vagamente que se le habían pasado las copas. Se dio un golpe en la frente.
—Te juro que mi plan era tomarme solo una, pero tus amigos se pasan de intensos.
—Tienen un alma libre, andan metidos en deportes extremos y su personalidad es así de desenfrenada. No se los tomes a mal.
—Para nada, de hecho me cae muy bien salir de fiesta con ellos.
—La gente como nosotros no se clava con nada y le entra a todo. La vida es un suspiro de unas cuantas décadas. En vez de mortificarse por cosas que te ponen de mal humor, mejor mandarlas a volar y buscar siempre la fiesta. Al final, el que se muere feliz, ya ganó.
—Ay, por favor, ¿podemos no hablar de muertos? Que yo sepa, sigo vivito y coleando.
Víctor se levantó a duras penas con la intención de ir a lavarse la cara, y fue hasta ese momento que reparó en la presencia de Isabella.
—Ah, caray. ¿No te has ido?
Isabella lo fulminó con la mirada.
—Si me hubiera ido, ¿quién iba a cuidar a Carlota anoche? ¿Tú, pedazo de borracho?
Víctor giró la cabeza angustiado hacia Carlota y vio que ya tenía conectado el suero, y además lo fulminaba con una miradita de coraje, con los brazos cruzados y haciendo pucheros.
Se deshizo en disculpas de inmediato y se acercó a abrazarla.
—Te prometo que fue la última vez. Tu papá no se vuelve a emborrachar.
—Le voy a acusar con mi mamá.
—¡No, por favor! Perdóname esta vez, ¿sí?
—¡Hmph!
—En cuanto salga de aquí, papá te va a llevar al parque de diversiones. ¿Trato?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...