Esa misma noche, Martina recibió una llamada de su padre, pidiéndole que fuera a cenar a la casa.
Dentro de su familia, la persona con la que tenía mejor relación era su hermana menor. Después seguía su padre. En el fondo de la lista, estaba su madre.
Tanto su hermana como su padre siempre le insistían para que volviera a vivir con ellos, pero su madre ni siquiera se molestaba en disimular el asco que le tenía. Incluso le había gritado en su propia cara que no quería verla nunca, que su sola presencia la fastidiaba a más no poder.
—Papá, de verdad, prefiero no ir.
—Hoy es el cumpleaños de tu mamá, ¿ya se te olvidó?
Martina apretó los labios. Claro que no se le había olvidado. Simplemente sabía que su madre no la quería ahí. ¿Qué necesidad había de amargarle su cumpleaños con su presencia?
—Ándale, ven. Fue tu mamá la que me pidió que te marcara.
El corazón de Martina dio un vuelco. ¿Su mamá había pedido que fuera?
El día que Alicia la había arrastrado de regreso a la casa familiar, su madre no hizo ningún comentario esa noche. Pero a la mañana siguiente, la sacó a la calle a escondidas de los demás y le exigió que jamás volviera a poner un pie ahí.
El dolor la consumió en ese instante, y le preguntó llorando por qué la trataba de esa forma.
«¡Que una hija de una familia como la nuestra se haya dedicado a vender su cuerpo por dinero! Si la gente se entera, ¿con qué cara vamos a salir a la calle? ¿Cómo se supone que tu padre haga negocios?», le había escupido la mujer.
«¡Pero si lo hice para pagar las colegiaturas de mi hermana! ¡Para pagar las deudas de la familia! Yo…»
«¡Nosotros no te pedimos que te vendieras, lo hiciste porque no sirves para otra cosa!»
«¡Ah! ¡Pero cuando me pedían dinero no les daba vergüenza, ¿verdad?! ¡Ah, claro, como mi papá ya recuperó la empresa, ahora resulta que les doy asco! ¿Cómo pueden hacerme esto? ¡Los odio! ¡Los odio a todos!»
Aquella mañana, había salido corriendo, bañada en lágrimas.
Pero tiempo después, Alicia la buscó. Al enterarse de las cosas horrendas que le había dicho su madre, la menor la abrazó llorando desconsoladamente y le pidió perdón a nombre de la familia. Le rogó que se quedara en el país, prometiendo que de ahí en adelante sería ella quien protegería a su hermana mayor.
Martina era incapaz de guardarle rencor a su hermana, así que retomó el contacto con ella.
Y ahora, su padre le pedía que volviera a casa. ¡Tenía pavor!... Pánico absoluto de que la volvieran a echar a la calle como a un perro.
—¿Me juras que fue mi mamá la que te dijo que me hablaras? —preguntó Martina, incapaz de contenerse.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...