En ese preciso instante, Rubén volteó y alcanzó a ver a Martina. Le hizo señas urgentes con la mano para que se acercara.
—¡Marty, por amor de Dios, ayúdame a convencer a tu hermana! Dice que ya no se va a casar. ¡No inventes! Ya tenemos todo organizado, no puede salir con que siempre no, nomás porque sí —soltó Rubén, con la cara descompuesta por la preocupación.
Martina había escuchado absolutamente todo.
Soltó un largo suspiro y caminó hacia ellos.
—En cualquier boda de nuestro nivel se espera que la novia lleve un buen regalo de bodas, pero no me imaginé que la familia Quintero exigiera una casa entera.
—Hermana, esto no tiene nada que ver contigo, no te metas —le soltó Alicia, visiblemente fastidiada.
—Eres mi hermana pequeña, ¿cómo que no me voy a meter?
—¡Te digo que no te metas! Ya tomé mi decisión. Mañana a primera hora voy a ir a buscar a Romeo, y si sale con que a fuerzas quiere esa propiedad, ahí mismo le cancelo el compromiso.
—¡Qué barbaridad estás diciendo! —Rubén pegó un brinco de la silla, histérico—. ¡Marty, no la dejes cometer una estupidez! Si rompemos el compromiso a estas alturas, la familia Quintero va a quedar en ridículo, ¡y se van a ir con todo contra nuestra empresa! ¡Apenas nos estamos levantando, un golpe de esos nos dejaría en la calle otra vez!
Esa casa era lo único de valor que Martina tenía a su nombre.
Era su seguro de vida, su colchón. Se había matado ahorrando centavo a centavo para poder comprarla.
—¡Hermana, te juro por lo que más quieras que yo jamás he tenido intenciones de quitarte tu casa! —exclamó Alicia, alterada.
—Ya lo sé. Como dijo mi papá, el plan es solo pasar las escrituras a tu nombre por un tiempo. Ya que te cases, me la regresas y listo.
—Pero... pero, ¿de verdad confías en mí?
Martina esbozó una sonrisa suave.
—Claro que sí. Eres mi hermana.
Alicia se levantó de golpe y se lanzó a los brazos de Martina.
—¡Ay, hermana, eres la mejor del mundo! ¡No sé cómo diablos voy a pagarte esto!
Martina le acarició el cabello con ternura.
—Mañana a primera hora nos lanzamos a la notaría a arreglar el papeleo.
—¡Te juro que te la devuelvo intacta!
—¿De qué tanto cuchichean allá afuera? ¡Vengan a ver el pastel que me acabo de hacer para mi cumpleaños...! —gritó Elsa Palacios, saliendo al jardín llena de emoción. Sin embargo, al ver a Martina, se quedó congelada y el gesto se le torció en una mueca de disgusto absoluto.
—¿Tú qué haces aquí? ¿Quién diablos te invitó?
Al oír esas palabras, a Martina le cayó el veinte de que su padre le había visto la cara.
—Es mi familia, ¿acaso no puedo venir a verlos?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...