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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 895

—A ver, espérate —Isabella alzó una ceja—. ¿Dices que esto lo pidió la familia Quintero como dote?

Martina asintió.

—Eso fue lo que me dijeron mi papá y mi hermana.

Floriana se quedó pensativa.

—No lo creo. Con el nivel que maneja la familia Quintero, si de verdad les importara lo que aporta la novia, para empezar, no se habrían fijado en tu familia. Y si no les importa, entonces no tendrían por qué estar exigiendo ese departamento.

Isabella le dio la razón. Lo analizó un momento y decidió marcarle a Ignacio.

—Mis tíos no estaban de acuerdo con esa boda, pero mi primo se aferró a casarse con Alicia. Como mis tíos no pudieron hacerlo cambiar de opinión, terminaron cediendo.

—¿Dote? La familia Quintero sabe perfectamente cómo está la situación económica de la familia Palacios. Nunca pidieron ninguna dote.

—Claro que estoy seguro. He estado metido en todo el proceso de la boda de mi primo.

Al colgar la llamada, el panorama quedó más que claro.

—¡Tu papá y tu hermanita usaron lo de la dote como pretexto para bajarte el departamento! —Víctor estaba tan furioso que parecía a punto de soltar golpes—. ¿Ya te cayó el veinte o todavía no?

Martina negó con la cabeza; se negaba a creerlo.

—¡Alicia nunca me engañaría! ¡Cualquiera podría hacerlo, pero ella no!

—Esa muchacha supo perfectamente lo que te costó ganar ese dinero, y aun así tuvo el descaro de irse a estudiar tranquilita, hacer una maestría y seguir sacándote lana sin sentir remordimiento. ¡Es una fichita! ¡Te lo he dicho mil veces y te aferras a no creerme!

Víctor apretó los dientes, consumido por el coraje.

Martina se levantó de golpe.

—¡Ahorita mismo le voy a preguntar!

Sin decir más, dio media vuelta y salió.

A Floriana le dio mala espina dejarla ir sola, así que le encargó unas cosas a Isabella y se fue detrás de ella.

Al llegar a la casa de la familia Palacios, Martina le pidió a Floriana que la esperara en el coche y se acercó sola.

Tocó el timbre un buen rato hasta que la empleada de limpieza salió a abrir.

—¡Ay, usted! ¡¿A qué viene otra vez?! —le reclamó frunciendo el ceño.

—¡Quiero ver a Alicia!

—La señorita no está.

—¡Entonces quiero ver a mi papá!

—El señor tampoco se encuentra.

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