Martina se sintió un poco incómoda al ver a Noa.
—Ayer... te di muchos problemas en la noche, ¿verdad?
—La traes muy hinchada todavía... ¿Quién fue el bárbaro que te pegó tan feo? —preguntó Noa después de acercarse e inclinarse un poco para revisarle la cara.
—Estoy bien —dijo Martina, negando con la cabeza.
—Ayer que el señor Quintero te trajo cargando, se te veía peor. Te puse tantita pomada y por lo menos sirvió para que bajara la inflamación.
—¿Él me trajo cargando?
—Pues sí, ni modo que llegaras volando.
Noa se echó a reír y le tendió la ropa que traía en las manos.
Al revisarla, Martina descubrió que era su propia ropa de antes.
Cuando se mudó de esa casa, salió con tanta prisa que dejó un montón de cosas olvidadas.
—Ándale, levántate. Ya te preparé el desayuno.
—¿Y él?
—¿Preguntas por el señor Quintero?
Martina asintió. La verdad es que no sabía muy bien cómo darle la cara, a pesar de que la noche anterior había tomado una decisión bastante atrevida.
—Se fue a la empresa.
Como Noa ya conocía sus gustos, le preparó algo que a ella le encantaba.
Al terminar de desayunar, le ayudó a recoger la mesa. A decir verdad, ya era hora de irse.
—Oye, ¿crees que pueda esperarlo aquí? Necesito platicar con él —le preguntó a Noa.
—Claro que sí —respondió Noa con una sonrisa amable.
Tras decir eso, dudó un segundo antes de agregar algo más.
—Este... parece que al señor Quintero no le gustó para nada el color de tu cabello. Anoche... anoche estaba tan enojado que me dijo que te lo rapara.
—¿Qué?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...