Martina esperó hasta altísimas horas de la noche antes de que Romeo volviera.
Venía con el rostro reflejando el cansancio. Después de ponerse las pantuflas, caminó hacia el comedor mientras se aflojaba la corbata. Justo en ese momento, las luces se encendieron de golpe.
—Ya llegaste —dijo Martina, levantándose de la silla.
Al verla, Romeo se quedó mudo un segundo y enseguida frunció el ceño.
—¿Qué haces aquí todavía?
—Quería esperar a que regresaras —dijo Martina, apresurándose a entregarle el vaso de agua que ya tenía preparado.
Romeo lo agarró, le dio dos tragos y lo dejó sobre la mesa.
—Pues ya regresé. Ya te puedes ir, ¿no?
—Yo... te ayudo con tu ropa. —Y dicho esto, le quitó a toda prisa el saco del traje y se fue corriendo escaleras arriba—. ¡Lo voy a guardar en el clóset de arriba!
Romeo la observó mientras subía, dándole vueltas a la situación en su cabeza. Segundos después subió tras ella. Al entrar, vio que Martina ya le había acomodado la ropa y hasta le había dejado lista la pijama y la ropa interior que usaría después de bañarse.
—¿Quieres que te llene la tina, o prefieres darte un regaderazo rápido?
Martina iba a caminar hacia el baño cuando Romeo la agarró del brazo. La miró con unos ojos helados y cargados de burla.
Aquella mirada hizo que Martina se sintiera aún más torpe. Las cosas no tenían por qué salir así; antes de que él llegara, había practicado la escena decenas de veces en su cabeza. Se suponía que tenía que aprovechar el atuendo para hacerse la inocente y vulnerable, lanzarse a sus brazos y, de preferencia, llamarlo «amor».
Pero, por culpa de los nervios, había terminado actuando literalmente como su sirvienta. Solo le faltó decirle: "Patrón, ¿quiere que le caliente la cama?".
Ya que estaba ahí, no le quedaba de otra más que aguantar y seguir adelante con el plan.
Le echó un ojo a la mano que le apretaba el brazo. Al parecer, la estaba agarrando con demasiada fuerza, pues hasta los nudillos de él se veían blancos. Dejó escapar una queja en voz suave:
—Ay... me lastimas.
Romeo entrecerró los ojos y arqueó los labios en una sonrisa.
—¿Me estás intentando provocar?
Martina se quedó congelada. ¿Tan obvia era?
Romeo se acercó de golpe, rozando casi con la punta de la nariz la mejilla de ella y mezclando sus respiraciones.
—Si de verdad quieres provocarme, primero regresa al estilo que tenías antes.
—¿El estilo que tenía antes?
¿Y cómo demonios era su estilo anterior?
La mirada de Romeo se perdió por un microsegundo, como si un viejo recuerdo cruzara por su mente, pero en un abrir y cerrar de ojos, sus ojos recuperaron su característica frialdad adornada con burla.
—Sonríe un poco.
¿Sonreír?
Martina obedeció torpemente y estiró un poco los labios.
—¿Así?
—Ríete con ganas.
Así que Martina soltó un par de carcajadas artificiales. Ella misma era muy consciente de lo acartonada y falsa que sonaba aquella risa.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...