Floriana ya había terminado de grabar sus escenas, pero ese día tuvo que ir a filmar unas tomas adicionales.
Por la noche, el equipo de producción organizó una cena en la que Noah Pineda invitó a todos. Como no podía hacerle un desaire, llamó a Víctor para avisarle.
Al terminar la reunión, Floriana regresó a casa y se dio cuenta de que ni Víctor ni Carlota estaban ahí. Miró la hora, pasaban de las diez de la noche, así que lo llamó de inmediato.
—Estoy cenando con unos amigos, ven acá —le dijo él.
—¿Dónde está Carlota?
—También está aquí.
Como Carlota tenía que ir a la escuela al día siguiente, Floriana no pudo evitar molestarse. Manejó hasta el lugar donde estaban reunidos y descubrió que era un puesto de comida, así que no le quedó más remedio que bajarse con cubrebocas y lentes oscuros.
Desde lejos vio a Víctor. Con la ropa que traía, resaltaba demasiado en aquel puesto de la calle. Mientras se acercaba, notó que había una mujer sentada a su lado.
Era Lina Hernández; Víctor ya se la había presentado antes.
En ese momento, animada por los gritos de varios hombres, Lina se bebió una botella entera de un solo trago y luego se recargó en el pecho de Víctor. Él no la apartó, sino que la sostuvo firmemente.
Al ver esa escena, Floriana frunció el ceño.
—¡Ustedes nada más me hacen la vida imposible! —Lina señaló a los sujetos que estaban enfrente—. ¡La próxima vez no haré equipo con ustedes! ¡No voy a ir aunque me lo rueguen!
—¡Uy! ¡Como ahora tienes a Víctor, seguro que ya no nos necesitas!
—Ni modo, no podemos envidiarlo. ¿A quién se le ocurre ser tan guapo y tener tanto dinero como Víctor?
—Lina, nosotros te apoyamos para que le bajes a Víctor a su esposa. Seguro que eres más guapa que ella.
Los hombres comenzaron a hacerles burla.
—Claro que no soy más guapa que su mujer —Lina hizo un mohín—. Ella es una gran estrella.
—¡Pero seguro tú eres mejor en la cama que ella! ¿A poco no, Víctor? Ya lo pudiste comprobar, ¿no? —comentó otro de los hombres con tono pícaro.
Víctor agarró un puñado de cacahuates y se los lanzó.
—Váyanse al diablo. Dejen de hacer esas bromas estúpidas.
—Lina, ¿vas a permitir esto? ¡Ni siquiera quiere admitir lo buena que eres!
Lina soltó un bufido, se dio la vuelta para sentarse a horcajadas sobre las piernas de Víctor y le apretó el cuello con las manos.
—¿Dime si soy buena o no?
Víctor intentó esquivarla.
—Ya no estés de bromista.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...