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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 913

—Perdón.

Al mirar a Romeo, Martina no pudo evitar disculparse de nuevo.

Romeo le clavó una mirada profunda, no dijo ni una sola palabra, dio media vuelta y caminó directo al salón privado.

El tipo de al lado se limpió la comisura de la boca.

—Oye, chula, ¿no andas corta de lana últimamente? ¿Qué te parece si te paso un poco de dinero para tus gastos?

Martina sintió náuseas de solo escucharlo. Luego, volteó a ver al sujeto y le dedicó una sonrisa enorme, mostrando los dientes.

—¿Tienes mucho dinero?

—Por supuesto —respondió él, con los ojos brillando de entusiasmo.

—Pues si tienes tanta lana, mejor inviértela en una cirugía plástica y arréglate la cara.

El hombre ya estaba casi hipnotizado con la atención de la chica, pero al escuchar que le sugería operarse la cara, regresó a la realidad de golpe.

—¡Escuincla igualada! ¿Tienes idea de quién soy?

—¿Y tú sabes quién soy yo?

El sujeto escaneó a Martina de arriba a abajo. A sus ojos, no pasaba de ser una simple estudiante cualquiera.

—Ah, cabrón. A ver, dime, vamos a ver si logras asustarme.

Martina le hizo un gesto para que se acercara. En cuanto el hombre bajó la cabeza, le gritó en la oreja:

—¡Soy tu madre!

—¡Pinche...! —El tipo se encendió de rabia y alzó el puño al instante, listo para soltarle un golpe.

—¡Auxilio! ¡Ayuda! ¡Este señor me quiere pegar! —empezó a gritar Martina con un dramatismo exagerado.

Ese restaurante exclusivo era muy conocido y la clientela solía ser gente de alto nivel. Con el escándalo que armó Martina, todas las personas que pasaban por ahí voltearon a ver de inmediato.

El hombre, al sentirse observado e intentando cuidar su reputación, entró en pánico por el ridículo.

—¡Ya, cállate! ¡No manches, si ni siquiera te he tocado!

Martina guardó silencio de golpe y levantó una ceja, retándolo con la mirada.

—Me llamo Martina.

—¿Eh?

El sujeto nunca en su vida había escuchado ese nombre.

—¡Grábatelo bien, y la próxima vez que me veas, más te vale mantenerte lejos!

Tras decir eso, Martina se dio la vuelta y caminó de regreso. Haber sobrevivido tanto tiempo en la vida nocturna del bajo mundo le había enseñado a no dejarse pisotear por nadie; ya no era ninguna ingenua.

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