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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 914

—Martina, tú también tomaste ahorita. Mejor vete en mi coche, le voy a pedir a mi asistente que te vaya a dejar a tu casa —le propuso Floriana volteando a verla.

Martina guardó silencio unos segundos.

—Váyanse ustedes primero. Yo... yo creo que me voy a dar una vuelta por el centro comercial un rato más.

Floriana no sospechó nada.

—Órale pues, nos vemos otro día.

—Va.

Una vez que Isabella y Floriana se fueron, Martina soltó un suspiro profundo y comenzó a caminar hacia el patio trasero.

Bajo el techo del patio, se asomaba la tenue luz roja de un cigarro. Martina se acercó un poco más y distinguió una sombra; aunque no podía verle bien la cara, sabía perfectamente que era él. Dudó unos instantes antes de acortar la distancia, deteniéndose a solo un paso.

«¿Qué se supone que debo decirle?»

Martina abrió la boca varias veces para hablar, pero la volvió a cerrar al no encontrar las palabras adecuadas. Por su parte, Romeo no mostraba el más mínimo interés en conversar con ella. Simplemente seguía fumando, como si quien estuviera a su lado fuera una completa extraña.

—Yo... yo fui al hospital a hacerme unos análisis —soltó Martina, yendo directo al grano.

Romeo interrumpió su movimiento para dar la calada. Lentamente, giró la cabeza y le clavó los ojos a Martina.

—No estoy enferma de nada, aquí tengo los resultados, yo...

Martina no pudo terminar la frase. En un segundo, Romeo jaló de ella con violencia, pegándola a su pecho. La miró fijamente y su respiración se volvió pesada y acelerada.

—Yo... mmm...

¡La había callado con un beso! Un beso posesivo, salvaje, que le arrebató el aliento en un parpadeo. Parecía como si se la quisiera comer viva en ese mismo instante.

Martina intentó zafarse por puro instinto, pero él la arrinconó contra la pared. De un tirón le abrió la blusa y, al sentir el roce de sus manos contra su piel, algo se quebró dentro de ella.

Fue como recibir una descarga eléctrica. Sus piernas perdieron fuerza de golpe. Romeo también se tensó un segundo, pero después la aferró con una urgencia aún mayor, sin importarle en lo más mínimo que alguien pudiera verlos ahí...

—Aquí no... vámonos a la casa... —murmuró ella.

A Romeo le valió por completo. Simplemente siguió devorándola a besos.

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