—Martina, tú también tomaste ahorita. Mejor vete en mi coche, le voy a pedir a mi asistente que te vaya a dejar a tu casa —le propuso Floriana volteando a verla.
Martina guardó silencio unos segundos.
—Váyanse ustedes primero. Yo... yo creo que me voy a dar una vuelta por el centro comercial un rato más.
Floriana no sospechó nada.
—Órale pues, nos vemos otro día.
—Va.
Una vez que Isabella y Floriana se fueron, Martina soltó un suspiro profundo y comenzó a caminar hacia el patio trasero.
Bajo el techo del patio, se asomaba la tenue luz roja de un cigarro. Martina se acercó un poco más y distinguió una sombra; aunque no podía verle bien la cara, sabía perfectamente que era él. Dudó unos instantes antes de acortar la distancia, deteniéndose a solo un paso.
«¿Qué se supone que debo decirle?»
Martina abrió la boca varias veces para hablar, pero la volvió a cerrar al no encontrar las palabras adecuadas. Por su parte, Romeo no mostraba el más mínimo interés en conversar con ella. Simplemente seguía fumando, como si quien estuviera a su lado fuera una completa extraña.
—Yo... yo fui al hospital a hacerme unos análisis —soltó Martina, yendo directo al grano.
Romeo interrumpió su movimiento para dar la calada. Lentamente, giró la cabeza y le clavó los ojos a Martina.
—No estoy enferma de nada, aquí tengo los resultados, yo...
Martina no pudo terminar la frase. En un segundo, Romeo jaló de ella con violencia, pegándola a su pecho. La miró fijamente y su respiración se volvió pesada y acelerada.
—Yo... mmm...
¡La había callado con un beso! Un beso posesivo, salvaje, que le arrebató el aliento en un parpadeo. Parecía como si se la quisiera comer viva en ese mismo instante.
Martina intentó zafarse por puro instinto, pero él la arrinconó contra la pared. De un tirón le abrió la blusa y, al sentir el roce de sus manos contra su piel, algo se quebró dentro de ella.
Fue como recibir una descarga eléctrica. Sus piernas perdieron fuerza de golpe. Romeo también se tensó un segundo, pero después la aferró con una urgencia aún mayor, sin importarle en lo más mínimo que alguien pudiera verlos ahí...
—Aquí no... vámonos a la casa... —murmuró ella.
A Romeo le valió por completo. Simplemente siguió devorándola a besos.
Iban en tercer año de la carrera. Sus familias estaban a punto de hacer un negocio importante. La familia Palacios normalmente no estaría ni cerca del nivel de la familia Quintero, pero daba la casualidad de que los Palacios tenían un terreno que los Quintero necesitaban conseguir a como diera lugar.
Fue entonces cuando Rubén sugirió una alianza matrimonial. La familia Quintero lo rechazó al principio, pero para sorpresa de todos, Romeo aceptó.
—Me da lo mismo con quién me case.
Y solo por esa maldita actitud de indiferencia, el compromiso entre ambas familias se cerró.
La verdad era que su papá quería usar a Alicia para que se casara con uno de los Quintero, pero en ese entonces Alicia andaba súper enculada con el guitarrista de una banda de rock y por nada del mundo quiso aceptar el arreglo, diciendo que no iba a sacrificar su vida.
Fue así como a la que le tocó comprometerse con Romeo fue a ella.
Cuando le dieron la noticia, la emoción no la dejó dormir durante días enteros, porque, para ser sinceros, ya llevaba un buen rato babeando por él. Tras confirmarse que iban a ser pareja oficial, Martina empezó a tirarle la onda descaradamente y a buscarlo por todas partes.
En esa ocasión, a base de rogarle e insistir, había logrado que Romeo accediera a ir al cine con ella. La mala suerte fue que a la salida se soltó un aguacero tremendo y terminaron los dos empapados hasta los calzones.
Y justo después, cuando fueron a darse un baño para no enfermarse, se toparon de frente en la entrada de las regaderas de los dormitorios.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...