Como ya era súper tarde, no había ni un alma bañándose ahí.
Naturalmente, Martina se metió a las regaderas de mujeres y Romeo a las de hombres.
Mientras se tallaba, Martina empezó a sentirse frustrada. Romeo se portaba más frío que un témpano de hielo; parecía que ella no le movía ni un pelo. Esa noche, con lo del cine, había jurado que al menos iba a poder agarrarle la mano o, con suerte, robarle un besito, pero sus planes habían sido un completo fracaso.
Sabiendo que Romeo estaba dándose un baño a unos cuantos metros, detrás de esa pared, la locura le ganó, pegó la cara a los azulejos y le gritó con todas sus fuerzas:
—¡Ah! ¡Romeo! ¡Ayúdame, hay una víbora aquí!
¿De dónde diablos iba a salir una serpiente en unas regaderas de universidad? Era una mentira más falsa que un billete de treinta pesos, pero lo que menos esperaba es que Romeo sí apareciera, vistiendo únicamente una toalla enredada a la cintura.
El detallito era que ella estaba totalmente desnuda. Así que el tipo la vio completita, sin nada que la cubriera.
Ella se puso roja como tomate e intentó salir corriendo para esconderse en uno de los cubículos.
—¡Era pura broma! ¡Ya vete!
La expresión de Romeo cambió radicalmente a una de puro coraje. A zancadas se fue sobre ella, la jaló con fuerza y la arrastró hasta las regaderas de los hombres, aventándola dentro de uno de los cubículos privados.
Se quedó observándola. Sus ojos la recorrieron de pies a cabeza mientras su respiración se aceleraba a un ritmo alarmante.
—¿Acaso es esto lo que querías?
—¿Ah?
—¿Querías que viniera a hacerte algo?
—Romeo...
La rodeó con los brazos y, de manera repentina, sus labios bajaron por su boca, trazando una línea caliente que terminó quemándole la piel a la altura de la clavícula.
Martina sintió como si alguien la estuviera quemando por dentro; de pronto tenía un calor insoportable.
—Romeo... Romeo...
—Cállate. No me llames así.
—Romeo...
—¡Tú te lo buscaste!
Martina se tensó por completo; sintió la boca de Romeo presionándose sin piedad sobre las zonas más sensibles de su cuerpo.
Al final, la desesperación fue tanta que comenzó a gritar sin darse cuenta. Romeo, fastidiado, le embutió la toalla en la boca para callarla.
—¿Quieres que mañana todo el campus nos mande llamar a dirección?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...