Noa le había servido de almorzar, pero Martina prefirió no probar bocado.
—Romeo me dio una tarjeta y me dijo que podía gastarla en lo que yo quisiera.
A Noa le pareció de mal gusto el comentario y frunció el ceño.
—El señor Quintero y usted... hacían tan buena pareja en su momento. Qué tristeza ver en lo que acabó todo.
Martina se encogió de hombros.
—Ni modo, supongo que la suerte no me dio para tanto.
Apenas se había ido Martina, cuando Alicia hizo su gran entrada triunfal.
Trajo de cola a un montón de amigas con el pretexto de adornar la casa, pero la verdad es que todas iban nomás para presumir.
Y cómo no, si se trataba de la familia Quintero, los titanes de la industria médica. Estaba a nada de amarrar al jefe principal del imperio para convertirse oficialmente en la señora Quintero.
Efectivamente, en cuanto las tipas pusieron un pie en la mansión, se quedaron verdes de la envidia y empezaron a adular a Alicia con cualquier cosa que hiciera.
Alicia, encantada de ser el centro de atención, se dejó lisonjear y luego las puso a trabajar con indicaciones precisas, mientras ella se escabullía directo a la recámara principal.
«La habitación principal tiene que quedar arreglada por mí», pensaba.
Dejó los adornos sobre el mueble y se quedó contemplando la inmensa cama, imaginando que tan solo la noche anterior Romeo había estado durmiendo ahí. Su corazón comenzó a acelerarse, y de inmediato, se imaginó a ella misma ahí con él en un par de semanas, a solas y haciendo un sinfín de cochinadas. El deseo le ganó a la compostura, y, metida en sus fantasías calientes, se dejó caer de espaldas sobre el colchón.
Sin embargo, de golpe, percibió un aroma familiar; un olor a perfume demasiado inconfundible.
Se sentó en la cama como impulsada por un resorte. ¡Por ahí había pasado una mujer, y, por la intensidad del aroma, se había ido hacía un par de minutos!
—¡Noa! —gritó con todas sus fuerzas.
Alicia la jaló a la fuerza hasta la habitación.
—¡Quiero que me digas quién chingados durmió en esta cama anoche!
Noa hizo una pausa bastante obvia.
—Señorita Palacios, mejor pregúntele al patrón. Yo nomás soy la empleada de aquí, a mí no me corresponde andarle de chismosa.
—¿Oye, qué onda? ¿Te equivocaste de ubicación o qué? —preguntó Alicia, viendo las residencias súper lujosas al fondo.
Ella tenía muy claro el estatus de ese lugar: eran casas de millonarios, carísimas. ¡No había manera humana de que Martina pudiera costear algo así!
—No me equivoqué, ya le di luz verde a la caseta. Tienen que dejar su coche afuera y caminar, acá los espero —le explicó Martina.
Y sin dar tiempo a reclamos, Martina colgó de tajo.
Ni Alicia ni los papás se creían todavía el cuento, pero en ese momento el de seguridad les hizo una seña para que entraran.
—Ustedes son los invitados de la señorita Palacios, ¿cierto? Ya les trajimos un carrito de golf, súbanse para llevarlos.
El lugar era estúpidamente inmenso. Aun yendo en el carrito, tardaron más de diez minutos bordeando el lago antes de llegar a la dirección indicada.
Al estar parados frente a aquella monstruosidad de tres pisos, a los tres integrantes de la familia Palacios se les cayó la mandíbula al suelo.
—Según dicen, aquí cualquier casita pitera no te baja de cincuenta o sesenta millones de pesos —comentó Alicia. Cuando vio que, efectivamente, Martina abría la puerta y salía a recibirlos, la incredulidad se apoderó de su rostro—. ¡A ver! ¡De dónde diablos sacó tanto dinero esta cabrona!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...