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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 917

La decoración interior de la mansión era aún más lujosa. Los tres miembros de la familia Palacios fueron guiados por Martina en un recorrido por la casa, y sus expresiones no eran nada buenas.

—Martina, ¿cómo es que de repente se te ocurrió comprar una casa? —fue Alicia la primera en hablar.

Martina levantó una ceja.

—Porque ustedes me quitaron mi casa con engaños. Como no tenía dónde vivir, no me quedó de otra que comprar una nueva.

Con una mueca de desdén, Elsa soltó una burla:

—Seguro esta casa te la prestaron.

Martina los llevó a sentarse a la sala de la planta baja. Luego sacó el contrato de propiedad y lo extendió frente a ellos.

Alicia y Rubén se acercaron de inmediato para mirar. Al ver el monto de la transacción, ambos se quedaron boquiabiertos.

—¡Cien millones de pesos!

—¡No manches, esta casa cuesta cien millones de pesos!

—¡¿De dónde sacaste cien millones de pesos?!

Padre e hija miraron a Martina al mismo tiempo, en completo shock. Esa persona que creían que ya no tenía ninguna utilidad para ellos, con la que habían roto toda relación... ¿de verdad tenía tanto dinero?

¿Quién se lo había dado?

—No me digas que te conseguiste a otro hombre que te mantenga —dijo Alicia, torciendo la boca.

Martina la miró y una sonrisa se dibujó lentamente en sus labios.

—Acertaste.

Alicia soltó una risa burlona.

—¡Definitivamente no tienes remedio, naciste siendo una cualquiera!

Apenas terminó de hablar, un vaso de agua le cayó directamente en la cara.

—¡Martina, maldita perra, ¿cómo te atreves a echarme agua?! —Alicia se puso de pie de un salto, dispuesta a irse a los golpes contra ella.

—¡Ya basta! —Elsa, que había permanecido en silencio, golpeó la mesa con furia y miró a Martina—. Tú... para conseguir una casa fuiste capaz de venderte de nuevo. ¡De verdad que no tienes remedio!

Martina soltó una carcajada.

—¡Ahorita mismo vas a devolver esta casa, vas a terminar con ese hombre y comprarás un boleto de avión para regresarte a Canadá! ¡La familia Palacios no va a andar pasando estas vergüenzas por tu culpa! —le gritó Elsa con frialdad.

—Ah, resulta que sí saben lo que es la vergüenza —dijo Martina, incapaz de contener la risa.

Le habían hecho tantas porquerías, ¿por qué cuando se las hicieron no dijeron que les daba vergüenza?

Elsa se puso lívida del coraje.

—Si todavía quieres que te considere mi hija...

—¿No decías que ya no me reconocías como tal?

—¡Lo único que quiero es que endereces tu camino y hagas las cosas bien! Si cambias y te portas decentemente, por supuesto que te voy a reconocer.

—¿Ah, sí? —Martina hizo una mueca de desdén—. Pues ya no me interesa.

—¿Me estás diciendo que vas a cortar lazos con nosotros?

Martina miró a Elsa con ironía. La había corrido de la casa y le había dicho que no quería volver a verla en su vida, ¿acaso eso no era cortar lazos? Ahora quería echarle la culpa a ella de nuevo, todo para seguir dándoselas de santa.

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