—¿Puedes creer que el diseño de esta vez es todavía peor que el anterior?
Isabella conocía perfectamente el nivel de Otilia, así que no le sorprendió.
—¿Lo rechazamos como la última vez y les indicamos algunos puntos a corregir?
Isabella agudizó la mirada.
—No, esta vez no. Contáctalos de mi parte y diles que los invito a cenar. A toda la familia, incluida Otilia. Que no falte nadie.
—¿Qué planeas hacer?
—Invitarlos a cenar. Lo digo en serio.
Después de colgar, Isabella dejó el asunto a un lado y siguió trabajando en su estudio todo el día.
Justo cuando iba a pedir comida a domicilio, escuchó a Diana gritando algo al otro lado de la calle.
Giró en su silla y vio que en la entrada de la casa de los Ibáñez habían tirado un montón de cosas: ropa, zapatos, adornos, libros… todo suyo.
—¡Puras porquerías! ¡Nuestra casa no es un basurero!
—¡Algunas creen que todavía pueden volver a esta casa, pero les aviso que ni lo sueñen!
—¡Que se mire en un espejo! ¡Si nosotros no la queremos, que la recoja quien quiera recoger basura!
Isabella apretó los dientes, se levantó y bajó corriendo.
Al llegar a la puerta, vio todas sus cosas esparcidas por el suelo: la ropa pisoteada, los zapatos desparejados, los adornos rotos y los libros manchados de suciedad.
¿Iba a tragarse esa ofensa?
Sin pensarlo, corrió hacia Diana, la agarró del pelo y tiró con todas sus fuerzas.
—¡Ay, me duele! ¡Tú, pedazo de basura, te atreves a ponerme una mano encima!
Isabella no le tenía miedo a nadie. Levantó la mano para darle una bofetada, pero alguien que salió de la nada la empujó, desviando el golpe.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...