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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 95

Al ver a Isabella levantar su copa, los Ibáñez se apresuraron a hacer lo mismo, aunque la mención del «gran cariño» los hizo sentirse bastante incómodos.

Isabella miró primero a Raúl.

—Brindo por usted, señor Ibáñez. Si no me hubiera arrebatado mi proyecto a la fuerza y despedido, nunca habría decidido unirme al Grupo Domínguez ni me habría convertido en la encargada de este proyecto. Y, por supuesto, no tendría el privilegio de estar sentada aquí ahora.

Al escuchar eso, a Raúl se le cayó la cara de vergüenza.

—Malinterpretaste mis intenciones. Yo… yo en realidad solo quería lo mejor para ti.

—¿Vetarme en toda la industria también era por mi bien?

—Yo…

—Por eso mismo le estoy agradeciendo.

El agradecimiento era tan pesado que la mano de Raúl que sostenía la copa comenzó a temblar.

—Y también por usted, señora Ibáñez —dijo Isabella, mirando a Diana.

Diana aún no podía bajarse de su pedestal.

—¿Cuál señora Ibáñez? ¡Deberías llamarme ‘mamá’!

—¿No quería que Gabriel se divorciara de mí?

—Bueno, pero todavía no se han divorciado.

—Pero en su corazón, hace mucho que dejó de considerarme su nuera. De hecho, nunca lo hizo.

—Yo…

—Aun así, quiero brindar por usted. Por todas sus críticas, su crueldad y sus insultos durante estos tres años. Ah, y por querer echarme de Nublario. Aunque dudo que tenga el poder para hacerlo.

—¡Isabella, soy mayor que tú! ¡Cómo te atreves a hablarme así, tú…!

—¡Cállate! —le gritó Raúl a Diana, para que dejara de ofender a Isabella.

Diana, roja de ira, finalmente se tragó sus palabras y guardó silencio.

Isabella sonrió de lado y luego miró a Otilia, quien tragó saliva nerviosamente.

—Bella, nosotras… nosotras somos las mejores amigas. Aunque hayamos tenido algún problema, estoy segura de que no me lo tomarás en cuenta, ¿verdad?

—Claro, somos las «mejores amigas» —dijo Isabella, enfatizando cada palabra.

Otilia sintió un escalofrío. Y, como esperaba, Isabella continuó:

—Pero, ¿por qué estás sentada frente a mí? Parece que tú y ellos son del mismo bando.

Isabella levantó la mano, impidiéndole continuar.

—Vamos, brindo por ustedes cuatro —dijo, levantando su copa y bebiéndola de un solo trago.

Había puesto todas las cartas sobre la mesa. Ahora, ajustaría cuentas con ellos, poco a poco.

Los cuatro miembros de la familia Ibáñez, a pesar de la humillación, se tragaron su orgullo, forzaron una sonrisa y bebieron el contenido de sus copas.

—Los invité a cenar hoy principalmente para que me conocieran, no fuera a ser que se equivocaran de santo y terminaran haciendo el ridículo —dijo, lanzando una mirada a Gabriel y Otilia, quienes desearon que la tierra se los tragara.

—Disfruten de la cena. Yo me retiro.

—¡Isabella, sobre el contrato, todavía tenemos que hablar! —dijo Raúl, tragándose su orgullo para preguntar.

Isabella hizo una mueca.

—Les sugiero que primero encuentren la puerta de entrada.

Dicho esto, se dio la vuelta y se fue, sin darle a Raúl la oportunidad de decir una palabra más.

Al verla irse, Raúl no pudo contenerse más. Agarró la copa de la mesa y la estrelló con fuerza en el centro.

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