Noelia yacía rígida sobre la cama, con los ojos abiertos de par en par, tan molesta que no lograba conciliar el sueño.
Desde que era niña, cada vez que discutía con Raúl, él solo tenía dos maneras de calmarla.
O la agotaba hasta que se quedaba dormida.
O le daba algún regalo para contentarla.
Incluso ahora que ella quería divorciarse, él seguía con la misma actitud de siempre.
Era él quien sacaba los temas difíciles, pero también quien terminaba evadiéndolos cuando se ponían serios.
Cuanto más pensaba en ello, más coraje sentía Noelia. Con un movimiento brusco, se sentó en la cama.
Al notar que Raúl a su lado no reaccionaba en lo más mínimo, Noelia se inclinó hacia él, usando la tenue luz que se filtraba por la ventana.
Al verlo profundamente dormido, la rabia de Noelia solo aumentó.
...
Al día siguiente, Noelia despertó en el sofá. Entró al baño de la recámara para arreglarse, justo cuando Raúl terminaba de lavarse las manos y se disponía a salir.
Sin mirarlo y con el rostro serio, Noelia entró al baño.
—Si ya te despertaste, apúrate y vete —le lanzó, sin darle oportunidad a decir nada.
Raúl se quedó de pie junto al lavamanos, mirando a Noelia reflejada en el espejo.
—La abuela del Grupo Sigma Universal cumple ochenta el sábado. Ella misma te invitó a la fiesta, tienes que acompañarme —dijo él.
Noelia cerró la llave del agua y tomó una toalla para secarse la cara.
—Tengo que ir a trabajar, no puedo ir —replicó con frialdad.
Raúl dudó un instante antes de hablar de nuevo.
—Si en serio quieres seguir trabajando, cuando regresemos puedo conseguirte algo en el hospital. Te juro que mi abuelo ya no va a intervenir.
Noelia lo fulminó con la mirada, alzando una ceja.
—Raúl, no pienso seguir dependiendo de ti para vivir, solo para que me sigas controlando a tu antojo.
Se acomodó la bolsa mientras continuaba.
—Cuando decidan la fecha para firmar el divorcio, solo márcame por teléfono. Con lo ocupado que estás, entre el trabajo y esa mujer con su hijo, mejor no pierdas el tiempo conmigo.
El tono de Raúl cambió, con una mezcla de molestia y frustración.
—Noelia, vine hasta aquí para llevarte a casa porque quiero arreglar las cosas entre nosotros. No te pongas en plan caprichoso. Ya te estoy dando una salida, acéptala.
Noelia no cedió ni un paso.
—A partir de hoy, donde tú estés, yo no voy a estar. No necesito que me des salidas, ni mucho menos.
...
Mientras el carro tomaba la vía rápida, Noelia no aguantó más y pidió bajarse.
Raúl dudó, pero al final se bajó junto con ella.
Ambos quedaron frente a frente sobre el puente peatonal, mirando el movimiento de la ciudad bajo sus pies. Noelia rompió el silencio.
—¿Por qué sigues aquí? ¿Por qué no te has ido?
Raúl sacó de su chaqueta el anillo de bodas de Noelia, le sostuvo la muñeca con decisión y se lo puso en el dedo a la fuerza.
La miró directo a los ojos.
—Puedes quedarte aquí a estudiar, te lo permito. Pero el divorcio no está en discusión.
Noelia se zafó bruscamente, y sin apartar la vista de Raúl, se quitó el anillo y, con todas sus fuerzas, lo lanzó al vacío desde el puente.
Raúl sintió cómo el pecho se le apretaba, los ojos se le abrieron de golpe.
—¡Noelia, no lo hagas!
El brillo del diamante relampagueó apenas un segundo en la oscuridad antes de desaparecer para siempre.
Con el anillo perdido en la noche, el silencio se apoderó de los dos. Su mundo, igual que ese anillo, parecía haberse perdido en lo más profundo de la ciudad.

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