Al mismo tiempo, en la casa de la familia Barrios.
Después de cenar, los cuatro miembros de la familia se quedaron un rato en la mesa. Noelia lavaba los platos en la cocina mientras platicaba con sus padres.
—Hermana, te llaman al celular —avisó Dante, acercándose con el teléfono en la mano.
Noelia echó un vistazo a la pantalla: era un número desconocido. Dudó un momento, se secó las manos y salió al salón para contestar.
En cuanto escuchó la voz de Elvira al otro lado de la línea, no pudo evitar arrugar la frente.
Cuando colgó, puso como excusa que iba a tirar la basura y salió hasta la entrada del conjunto residencial.
...
Elvira ya la esperaba ahí. Al verla, se acercó con una sonrisa fingida.
—Señorita Noelia, Raúl me contó que regresaste al país, así que vine a verte —dijo, entregándole una caja de galletas y una canasta de frutas.
Noelia torció la boca con una mueca sarcástica. Ni siquiera hizo el intento de aceptar los regalos.
Raúl podía pasar un mes entero sin volver a casa por estar con Elvira, y ni una explicación daba. Pero apenas Noelia regresó al país, él corrió ansioso a avisarle a Elvira.
Eso sí que era amor del bueno.
Noelia escondió lo que sentía en el fondo de la mirada.
—Mejor no acepto nada. Si tienes algo que decir, dilo de una vez —soltó, sin rodeos.
Las dos se quedaron frente a frente, de pie junto a la banqueta. Elvira puso los regalos en el suelo y la miró directo, como si quisiera perforarle la piel con la mirada. Hubo un destello de envidia en sus ojos.
—Señorita Noelia, supongo que volviste solo para pasar el Día de los Muertos con tu familia, ¿cuándo piensas irte? —preguntó Elvira, con tono fingido de cortesía.
Noelia no pudo evitar arrugar la frente de nuevo.
Si esto hubiera pasado antes, Noelia ya le habría puesto un par de cachetadas o, mínimo, la habría insultado hasta que se le pasara el coraje.
Pero después de la quiebra de la familia Barrios, y tras tres años de matrimonio vacío con Raúl, ya no quedaba nada de aquella muchacha caprichosa.
En la alta sociedad de San Miguel Arcángel, la consentida de los Barrios ya no existía. Ahora solo quedaba una mujer llena de cicatrices, a la defensiva y sin más fuerza que la de sobrevivir.
Frente a Noelia, Elvira sintió una punzada de inseguridad inexplicable. Fingiendo dignidad, levantó la cabeza y se paró lo más elegante que pudo.
—Raúl es un hombre con mucho sentido de la responsabilidad. Si no se ha divorciado de ti es por respeto a sus mayores y porque le das lástima —dijo Elvira, con voz melodramática—. Yo entiendo que para él es difícil. No voy a presionarlo para que se divorcie, porque Raúl me ama. Su corazón siempre ha estado conmigo y con nuestro hijo. Lo único que puede darte es ese papel y nada más.
Noelia sintió que la paciencia se le escapaba, pero antes de que pudiera responder, una voz explotó a su lado.
—¡Vete al carajo!
De la nada, Dante apareció y de una patada mandó a Elvira directo al medio de la calle.

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