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La Otra Familia en Sus Publicaciones romance Capítulo 179

—Vámonos —dijo Noelia antes de que Raúl pudiera abrir la boca, y salió por la puerta sin esperar respuesta.

Raúl la siguió enseguida. Ambos subieron al carro y, durante el trayecto, Raúl no dejó de contestar llamadas, su voz mezclándose con el zumbido del motor. Noelia, por su parte, se sentó junto a él como si nada de eso le afectara.

Al llegar a la Mansión Olmedo, el carro se detuvo en el patio principal. Noelia bajó, y Raúl fue tras ella, todavía pegado al teléfono. En cuanto colgó, sujetó la muñeca de Noelia para detenerla.

—Espera un momento...

Pero Noelia se zafó de su mano antes de que él pudiera decir algo más. Saludó con la mano a Valentina Olmedo, ignorando por completo la intervención de Raúl. Sabía perfectamente lo que él quería decirle; no era la primera vez. Seguro pretendía advertirle que no dijera nada inadecuado frente a los mayores de la familia Olmedo.

Al entrar al salón principal, Noelia se detuvo en el centro y saludó a todos con la cortesía habitual, llamando a cada quien por su nombre, sin titubeos.

Andrés Olmedo, con el ceño fruncido, se dirigió a su hijo:

—¿Te das cuenta de lo que has hecho?

Raúl respondió sin inmutarse, su tono tan tranquilo que hasta molestaba:

—Esta vez fue mi descuido. Lo tendré en cuenta para la próxima.

Elisa, incapaz de contenerse, soltó:

—Ya después de habértela pasado metido en tantos líos, ¿de verdad crees que solo con tener más cuidado basta? Hay cosas que no se arreglan tan fácil.

Andrés, fuera de sí, golpeó el brazo del sillón.

—¡Quiero que encuentres a la periodista que filtró todo esto! ¡Quiero que no pueda volver a trabajar jamás en San Miguel Arcángel!

Raúl miró de reojo a Noelia antes de contestar con calma:

—Papá, la responsabilidad es mía. Nadie más tiene la culpa.

Ricardo Olmedo, sentado en el lugar principal del sofá, miró al mayordomo con una señal de la cabeza. Al instante, el mayordomo sacó a todos los empleados del salón y acompañó a Valentina hasta el piso de arriba, como quien saca a alguien para no presenciar lo que está por venir.

Cuando regresó, el mayordomo traía en la mano una correa de cuero y se colocó detrás de Ricardo, aguardando instrucciones.

El ambiente se tensó al máximo cuando Ricardo, con el rostro endurecido por la rabia, ordenó:

—¡De rodillas!

Una punzada profunda le atravesó el pecho, tan fuerte que por un momento se olvidó del ardor en la espalda.

Recordó, sin poder evitarlo, una escena del pasado, antes de casarse con Noelia. Una vez, después de discutir con su abuelo, también había sido castigado con la correa. Justo ese día, Noelia había ido a buscar a su hermana menor, y lo sorprendió en plena humillación. Sin dudarlo, ella se lanzó sobre él para protegerlo, recibiendo un golpe por él.

Él le dijo que era una terca, que no tenía por qué hacerlo. Aun con el dolor pintado en la cara, ella le sonrió y le dijo que lo hacía porque quería, que nadie la obligaba.

Ahora, sin embargo, ahí estaba Noelia, parada frente a él, pero tan lejos como si fueran dos extraños. Ni siquiera lo miraba.

Elisa, al lado de su esposo, observó a su hijo recibir el castigo, con los ojos enrojecidos fijamente en Noelia. Un sentimiento de impotencia y rabia la invadió, y terminó por girar la cabeza, incapaz de soportarlo.

Lo más triste en un matrimonio es cuando una persona entrega todo, y la otra permanece indiferente. Eso era lo que más dolía de la historia de Noelia: había dejado su juventud y su corazón en manos de alguien que nunca supo valorarla.

Pasaron varios minutos hasta que Ricardo levantó la mano. El mayordomo guardó la correa y ayudó a Raúl a ponerse de pie.

La camisa blanca de Raúl estaba ya hecha trizas en la espalda, manchada de sangre.

Aun así, soportando el dolor, caminó hasta ponerse frente a Noelia, sin dejar de mirarla ni un segundo.

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