Eran las cinco de la mañana y Raúl seguía despierto. Noelia tampoco había regresado a casa.
Era la segunda vez que Noelia apagaba el celular y no volvía en toda la noche.
A las seis en punto, el mayordomo de la casa le llamó a Raúl para avisarle que el abuelo se había caído por accidente y lo habían llevado al hospital.
Cuando Raúl llegó, ya estaban todos los miembros de la familia Olmedo reunidos.
Dentro del cuarto, Andrés preguntó con voz seria:
—Raúl, ¿por qué solo viniste tú?
Raúl bajó la mirada, sin decir una sola palabra.
Elisa, viendo la tensión, intervino:
—No pasa nada si los jóvenes no logran levantarse temprano. Aquí estamos nosotros, todo bien.
Pero Andrés no se contuvo y le soltó a Raúl:
—¿Y Noelia? ¿Cómo puede dormir sabiendo que su abuelo está hospitalizado? Llámala de inmediato, que traiga el desayuno.
Raúl tenía el cansancio pintado en la cara.
—Papá, luego le pido que venga —respondió sin ganas.
Valentina, que notó algo extraño en su hermano, sacó el celular y marcó el número de Noelia. Todos pudieron escuchar perfectamente que el celular de Noelia seguía apagado.
Andrés entonces le pidió a Elisa que llamara al mayordomo para que fuera personalmente a buscar a Noelia.
Elisa no tuvo opción. Era Navidad y el abuelo estaba hospitalizado por segunda vez. Todos estaban ahí, menos Noelia, la esposa de Raúl. Era difícil justificar su ausencia.
Justo cuando Elisa dudaba si marcarle al mayordomo, Noelia devolvió la llamada a Valentina.
Valentina terminó de hablar con ella y les informó a todos:
—Noelia dice que ya viene.
Raúl apretó los puños sin darse cuenta.
Desde la noche anterior y hasta esa mañana, le había llamado varias veces y le mandó un montón de mensajes por WhatsApp. Pero cuando Noelia por fin encendió el celular, ni siquiera se dignó a responderle primero a él.
Poco después, Noelia llegó al hospital.
Tocó la puerta y entró al cuarto. En ese momento, las caras de todos cambiaron drásticamente.
No solo traía encima un fuerte olor a alcohol, sino que claramente aún no se le pasaba la borrachera.
—Aquí de todas formas no puede ayudar mucho. Mejor la llevo a casa.
Raúl se apresuró a sacar a Noelia del cuarto.
Caminaron juntos hasta el elevador. En cuanto llegaron, Raúl le arrancó la chaqueta ajena y la arrojó sin dudar al bote de basura.
Noelia intentó agacharse para recogerla, pero Raúl la levantó como si nada y la metió al elevador.
Así, sin darle tiempo de protestar, Raúl la llevó de regreso a casa.
Apenas entraron, sin dejarla reaccionar, la empujó directo hacia el baño.
Noelia, aunque todavía tenía la cabeza dando vueltas, entendió perfectamente lo que Raúl quería decir con eso.
Después de pasar la noche fuera y regresar borracha, usando la ropa de otro, él no podía disimular su repulsión.
Se metió a bañar, se cambió de ropa y se secó el cabello con calma. Salió del baño tranquila, como si nada hubiera pasado.
Raúl la esperaba sentado al borde de la cama, mirándola fijo, sin disimular su enojo.
Noelia se acercó y, con voz ligera, soltó:
—Ya sé que quieres pelear, pero espérate tantito. Déjame dormir un rato y cuando despierte platicamos y te acompaño en la discusión, ¿va?

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