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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 100

Erika se volvió a sentar atónita junto a la jardinera, con la mirada perdida en la distancia.

Por algún motivo, la imagen de Valerio con la cara empapada en sangre se repetía una y otra vez en su mente.

La forma en que yacía en esa camilla dejaba en claro que las heridas eran de gravedad.

De pronto recordó que, en dos ocasiones, lo había maldecido deseándole la muerte.

¿Acaso aquello era una especie de castigo que se le estaba devolviendo?

Ella no solía ser una persona rencorosa; por el contrario, siempre pecaba de compasiva.

Claro que lo odiaba, y había soltado aquello con pura rabia.

Pero, sinceramente, nunca había querido que muriera de verdad.

Ante esos pensamientos, sus manos, ligeramente temblorosas, se posaron por inercia sobre su vientre, acariciándolo suavemente.

Una profunda inquietud se apoderó de ella, y un remolino de ideas desordenadas inundó su cabeza.

—Eri, toma un poco de jugo.

La voz de Martina sacó a Erika de su ensimismamiento.

Erika parpadeó un par de veces. Justo cuando iba a levantarse, Martina le indicó que no lo hiciera.

—¿Escuchaste cuando le hablé a Adrián por teléfono? —le preguntó en voz baja mientras le extendía una botella de jugo natural.

Dicho eso, Martina se sentó con aire cansado a un lado de ella.

Erika sujetó el jugo y guardó silencio durante un largo rato, hasta que logró reprimir las emociones de minutos atrás.

—¿Cómo están sus papás? —preguntó Erika mientras sacaba unas toallitas húmedas de su bolso y le señalaba a Martina las manchas de sangre en el brazo.

Martina rechazó el ofrecimiento negando con la cabeza y después soltó un suspiro profundo:

—Su papá está fuera de peligro; ya lo instalaron en una habitación. Pero su mamá... sigue en urgencias. Adrián se quedó sentadito junto a la puerta de la sala, sin decir una palabra.

—Estaban dando una vuelta en el parque. Entonces un tipo que no conocían les pasó por el lado caminando como si nada y, de la nada, sacó una navaja y los apuñaló.

El color huyó del rostro de Erika al oír la noticia.

Se contuvo la respiración para poder asimilar el resto de la historia:

—Para cuando el señor reaccionó e intentó cubrir a su esposa, ya era demasiado tarde. Él me aseguró que ese infeliz no intentó robarles absolutamente nada; tampoco atacó a otras personas alrededor. No parecía para nada un arranque violento de un loco, sino que ellos dos ya eran su blanco.

Al terminar la frase, un torrente de lágrimas brotó de los ojos de Martina. Agarró las manos de Erika con fuerza.

—Tú, yo, Adrián... crecimos juntos. Tú más que yo debes saber qué tan buenas personas son sus papás. Eri, dime algo. ¿A quién demonios pudieron ofender un par de señores así?

Contagiada por el llanto de su amiga, a Erika también empezaron a escurrírsele las lágrimas sin control.

Lloraron un buen rato antes de que lograra articular palabra:

—Dios quiera que ella salga bien de esta. Oye, Marti, ¿la policía ya está al tanto de la situación? Es un parque grande, debe tener cámaras por todas partes; supongo que darán con ese tipo, ¿no?

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