No se levantó de la silla; actuó como si Lorena fuera una completa desconocida.
Lorena frenó su paso frente a ella y le echó una mirada indiferente a Cristina antes de mover sus labios rojos pintados para decir:
—Señorita Milán, cuánto tiempo sin verla. ¿Será posible que esta niña nos deje a solas un momento? Tengo algo que hablar con usted.
El tono de Lorena era casual, sin dejar adivinar sus verdaderas intenciones. Sin embargo, después de escanear de cerca el aspecto miserable de Erika, una sonrisa de victoria asomó en sus labios.
Erika le respondió con frialdad:
—Dime lo que tengas que decir.
Su postura era clara: no iba a mandar lejos a Cristina. Al ver que Lorena venía en plan de ataque, Cristina tampoco se movió, decidida a no dejar que se aprovecharan de Erika.
Lorena soltó un bufido y fue directo al grano:
—Bien... ¡muy bien! Erika, yo quería dejarte un poco de dignidad, pero como no la quieres, te lo diré sin rodeos.
Lorena sacó una grabadora de voz de su bolsa. Mientras esbozaba una sonrisa maliciosa, presionó el botón de reproducción:
[Esa muchacha, Carla, le decía a una tal Eri que le agradecía por haberla metido a Estudio Blanco. Luego, Carla compró la pijama de seda más cara de la tienda y se la regaló en forma de agradecimiento.]
[Llevamos tanto tiempo trabajando en tiendas de marcas de lujo que ya estamos acostumbradas a ver este tipo de sobornos. Y después de eso, dijeron que irían a la cafetería del último piso para arreglar los detalles...]
Erika abrió los ojos de par en par al escuchar.



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