Penélope mantenía una sonrisa en el rostro, intentando aliviar la atmósfera incómoda.
—Fue sin querer —dijo, fingiendo un tono suave—. Samuel, estás en la casa de Valerio, no hables tanto. Mira toda esta comida tan rica, ándale, a comer.
—Pero si Valerio me estaba preguntando... —replicó Samuel, mirando a Penélope con cara de fastidio.
—¡Ya ponte a comer! —le reclamó Penélope y, sin pensarlo dos veces, agarró los cubiertos para darle un golpecito en la cabeza.
A un lado, Erika escuchaba y observaba con la mirada tranquila.
En la familia Milán, Samuel era, sin duda, el que menos malicia tenía.
Hablar sin filtros era una de sus principales características.
Sin embargo, para Erika, todo esto era solo la punta del iceberg del sufrimiento que había soportado.
Solo de recordar el pasado, sentía heridas imposibles de sanar.
Mientras Erika estaba inmersa en sus pensamientos, sintió de pronto que Valerio le tomaba la mano que descansaba sobre la mesa.
Se la apretó con fuerza y la soltó de inmediato.
Acto seguido, el plato de Erika no tardó en llenarse de comida que Valerio le servía.
—Come, todo esto es lo que te gusta.
Erika le lanzó una mirada indiferente, dando por hecho que solo estaba montando un teatro frente a los demás.
Fingiendo agradecimiento, le dedicó una leve sonrisa y empezó a comer dando pequeños bocados.
Pero la mirada de Erika se posaba de vez en cuando en Isabel, quien había permanecido en silencio.

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