Al ver que ambas se sentían claramente incómodas, Erika decidió no insistir. Les dijo que prepararan lo que quisieran y regresó a la mesa.
Apenas se sentó, Thiago le acercó un platito con camarones:
—Mami, te pelé estos camarones.
Enseguida, Enzo le pasó otro plato:
—Mami, te esforzaste mucho cocinando. Te escogí los pedacitos de apio más tiernos.
Finalmente, Alma, sosteniendo una cuchara con sus manitas temblorosas, se inclinó hacia ella:
—Mami, cómete una albóndiga de pescado, pero ponle poquita mostaza para que no te caiga pesada.
Erika los llenó de elogios a los tres mientras aceptaba cada bocado.
Valerio, observando la escena, tenía un brillo indescifrable en los ojos. Tras un momento, comentó:
—Recuerdo que antes no comías estas cosas.
Erika no le respondió y siguió saboreando su comida con evidente deleite.
Por supuesto que él recordaba que no le gustaban. En el pasado, como él detestaba esos ingredientes, ella simplemente decía que tampoco le gustaban para complacerlo...
Amelia, temiendo que el silencio se volviera demasiado incómodo, intervino con una sonrisa:
—Señor Ramírez, estos son los platos favoritos de Eri. Seguramente con el tiempo se le confundieron los recuerdos.
Valerio asintió sin decir una palabra más.
Los niños demostraron ser unos excelentes anfitriones. Le ofrecían probar un plato y luego le recomendaban otro, sin olvidar presumir lo increíble que era su mamá y lo delicioso que cocinaba.
Durante toda la cena, aparte de responder a los pequeños y pedirle a Amelia que comiera más, Erika no cruzó una sola palabra con él.
Al terminar, los niños le suplicaron a Erika que dejara a Valerio quedarse un rato más porque les faltaba terminar un castillo de Lego.
Erika aceptó de mala gana.
Como al día siguiente no había grabación, Amelia insistió en volver a su casa. Tras despedirla, Erika se encerró en su estudio.

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