Valerio sintió el dolor agudo en su hombro, pero no movió ni un músculo, permitiendo que Erika siguiera mordiéndolo.
La mano que descansaba en su espalda comenzó a acariciarla suavemente, con la misma ternura con la que se consuela a un niño.
Para Erika, en el momento en que sintió el sabor metálico de la sangre en su boca, fue como si todo el rencor que había enterrado en lo más profundo de su ser hubiera sido desatado por Valerio.
Reaccionar así demostraba claramente que seguía atada a las cicatrices del pasado.
No debía perder el control. En los últimos días, él había logrado desestabilizarla, cuando lo correcto era ignorarlo por completo, tratarlo como si no existiera.
Pero cada vez sentía con más fuerza que sus acciones y palabras solo gritaban su resentimiento hacia él.
Él no valía la pena. Desde el día que huyó, se había prometido soltarlo todo. La verdadera victoria sobre alguien es la absoluta indiferencia.
Erika aflojó la mandíbula y sus brazos cayeron pesadamente a los costados. Se quedó inmóvil, como una marioneta sin vida, atrapada en su abrazo de hierro.
Valerio, al notar su cambio de actitud, la soltó lentamente.
Deslizó las manos hacia sus hombros, la apartó lo suficiente para mirarla y bajó la vista.
Sus ojos no tenían brillo ni expresión; miraban al vacío con total apatía.
La mandíbula de Valerio se tensó y se relajó varias veces, y la fuerza de su agarre imitó ese movimiento, hasta que finalmente la soltó con una mirada cargada de emociones encontradas.
Con voz profunda y ronca, dijo:
—Quiero recuperar lo que perdimos, y compensarte por todo lo que te debo. Ese es mi único propósito. Ya es tarde, descansa.
Le dedicó una última mirada profunda, salió del estudio y se dirigió a la entrada.
Las nanas ya habían acostado a los niños. Al ver a Valerio salir del estudio, se apresuraron hacia él; una se inclinó para sacar sus zapatos del armario y la otra se agachó para ayudarlo a calzarse.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón