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No pasó mucho tiempo antes de que diera la hora de cenar.
Cuando Erika bajó, los demás ya estaban sentados en el comedor.
Penélope corrió a recibirla con excesiva amabilidad. Con su mejor cara de madre amorosa, le dijo preocupada:
—Ay, Eri, ya debes tener hambre, ¿verdad? Ven, ven a sentarte aquí al lado de mamá. Hace muchísimo que no comíamos todos juntos en familia.
A Erika se le notó la incomodidad por un segundo, pero justo cuando iba caminando hacia la mesa detrás de Penélope, Valerio la tomó del brazo y la jaló hacia él.
—Eri, siéntate aquí.
Valerio, actuando como todo un caballero, le recorrió la silla y la tomó por los hombros para invitarla a sentarse.
Como Erika se quedó inmóvil, los cuatro miembros de la familia Milán empezaron a insistirle para que tomara asiento.
Erika les echó un vistazo a todos y, finalmente, se sentó despacio.
Resultaba muy irónico pensar que, en sus más de dos años de matrimonio, jamás se había dado una escena como esa.
Valerio nunca se había sentado a comer con la familia de ella, e incluso las veces que habían comido a solas se podían contar con los dedos.
Y ahora, ahí estaban, un montón de extraños sentados juntos fingiendo quererse mucho.
Apenas Erika acomodó su silla, Samuel habló sin rodeos:
—Erika, pélame los camarones.
Y mientras lo decía, le empujó el plato de camarones hasta ponerlo frente a ella.
Al ver esto, Penélope se apresuró a regañarlo:
—¿Qué no tienes manos o qué? Pélalos tú solo.
Samuel hizo un coraje y empezó a refunfuñar:
—Pues por muy grande que esté, sigo siendo el menor de la casa. Antes Erika siempre me servía la comida, ¿por qué ahora ya no se puede?
Ese comentario hizo que la cara de Penélope se contorsionara de la vergüenza.
Se notaba el terror de que su hijo fuera a soltar otra estupidez sin tacto.

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