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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 205

***

No pasó mucho tiempo antes de que diera la hora de cenar.

Cuando Erika bajó, los demás ya estaban sentados en el comedor.

Penélope corrió a recibirla con excesiva amabilidad. Con su mejor cara de madre amorosa, le dijo preocupada:

—Ay, Eri, ya debes tener hambre, ¿verdad? Ven, ven a sentarte aquí al lado de mamá. Hace muchísimo que no comíamos todos juntos en familia.

A Erika se le notó la incomodidad por un segundo, pero justo cuando iba caminando hacia la mesa detrás de Penélope, Valerio la tomó del brazo y la jaló hacia él.

—Eri, siéntate aquí.

Valerio, actuando como todo un caballero, le recorrió la silla y la tomó por los hombros para invitarla a sentarse.

Como Erika se quedó inmóvil, los cuatro miembros de la familia Milán empezaron a insistirle para que tomara asiento.

Erika les echó un vistazo a todos y, finalmente, se sentó despacio.

Resultaba muy irónico pensar que, en sus más de dos años de matrimonio, jamás se había dado una escena como esa.

Valerio nunca se había sentado a comer con la familia de ella, e incluso las veces que habían comido a solas se podían contar con los dedos.

Y ahora, ahí estaban, un montón de extraños sentados juntos fingiendo quererse mucho.

Apenas Erika acomodó su silla, Samuel habló sin rodeos:

—Erika, pélame los camarones.

Y mientras lo decía, le empujó el plato de camarones hasta ponerlo frente a ella.

Al ver esto, Penélope se apresuró a regañarlo:

—¿Qué no tienes manos o qué? Pélalos tú solo.

Samuel hizo un coraje y empezó a refunfuñar:

—Pues por muy grande que esté, sigo siendo el menor de la casa. Antes Erika siempre me servía la comida, ¿por qué ahora ya no se puede?

Ese comentario hizo que la cara de Penélope se contorsionara de la vergüenza.

Se notaba el terror de que su hijo fuera a soltar otra estupidez sin tacto.

Al escuchar esa pregunta, a Penélope se le subió el corazón a la garganta.

Quiso taparle la boca a Samuel para que no hablara de más, pero ya era demasiado tarde.

Samuel, que no tenía nada de malicia, respondió con el pecho inflado de orgullo:

—Erika siempre fue súper buena. Cuando mi mamá terminaba de hacer la comida, Erika me daba de comer en la boca. Y hasta que Isabel y yo no nos llenábamos, ella no comía nada. Después aprendió a cocinar, y casi siempre nos hacía la comida. ¡Y cuando acabábamos, ella también lavaba los platos, trapeaba y lavaba la ropa!

—Y además, tiene un genio súper tranquilo. Aunque casi siempre comía las sobras frías, nunca se enojaba. ¡Híjole, Valerio, qué suertudo eres de haberte casado con alguien como mi hermana! Yo también quiero encontrar a una mujer que sea tan buena como mi Erika...

Justo cuando Samuel estaba a mitad de su discurso, se detuvo de golpe y le gritó a Penélope:

—¡Mamá! ¿Por qué me estás pateando?

Ese grito provocó que todas las miradas de la mesa cayeran directamente sobre Penélope.

A ella la cara ya se le había puesto roja de la furia y la vergüenza.

Su hijo había nacido prematuro, y seguro el cerebro no se le había acabado de formar bien.

Ya tenía veintiún años y todavía no sabía ni qué decir; de verdad que la iba a matar de un coraje.

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