Erika disimuló sus nervios, terminó de hablar fingiendo tranquilidad y luego se movió hacia un lado, pegándose a la cerca del jardín.
Apenas había dado unos pasos cuando Valerio, con una sola zancada, le cerró el paso.
—¿Tanta prisa tienes por divorciarte de mí? —La voz magnética de Valerio resonó sobre ella.
Esa pregunta a Erika le pareció de lo más ridícula.
¿Quién había pedido el divorcio? ¿Y quién tenía tanta prisa como para mandar a alguien al hospital a entregar los papeles?
Pero Erika ya no tenía ganas de discutir con él.
Respondió con calma:
—Sí, me urge. Señor Ramírez, ¿ya me va a dejar pasar o no?
Valerio frunció el ceño y, de pronto, la agarró del brazo con su mano grande.
—Siempre has sido así de respondona y agresiva, ¿verdad? Todo este tiempo estuviste fingiendo ser dulce y dócil frente a mi abuelo y ante mí.
Erika forcejeó, pero él la sujetaba del brazo con una fuerza constante y, por más que lo intentó, no logró zafarse.
Erika se quedó sin palabras. ¿Acaso él nunca se ponía a pensar en sus propios errores?
Aunque, pensándolo bien, desde que se casó con él, Penélope se la pasaba buscando excusas para usar su nombre y sacarle ventajas a Valerio. Cualquiera que lo viera desde fuera asumiría que ella era cómplice de esas exigencias.
Aun así, ese comentario la hizo sentir muy incómoda. Levantó el rostro lentamente, con una sonrisa sarcástica en los labios:
—Así es, ¿ya te diste cuenta de cómo soy? Por eso, lo mejor para los dos es que firmemos los papeles de una vez.
Apenas terminó de hablar, la mano de Valerio apretó su brazo con más fuerza.
—Lo mejor para los dos, claro...
Erika frunció el ceño. ¿Por qué de repente tenía ese tono y esa expresión tan raros? Parecía que sus palabras ocultaban algo más.
Pero ella ya no quería darle más vueltas al asunto. No tenía problema en seguir fingiendo frente al abuelo, pero los trámites de divorcio debían continuar. Ya no quería volver a esa vida donde solo recibía órdenes y la trataban como un trapo.


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