—Ya me voy —dijo Erika, y se dio la vuelta sin ninguna expresión en el rostro.
La voz fría de Valerio resonó a sus espaldas:
—¿Tanto asco me tienes?
Erika se detuvo, pero no volteó a verlo.
Otra vez estaba diciendo cosas raras. ¿Y enfrente de todos los empleados?
De los dos, ¿quién era el que odiaba a quién?
Erika volvió a caminar hacia la salida.
Justo cuando iba a cruzar la puerta, alguien le jaló el brazo bruscamente.
Se dio la vuelta y clavó la mirada en la mano grande que la sujetaba.
—¿Qué es lo que quieres? —preguntó Erika en un tono indiferente.
Valerio imitó su frialdad:
—Ya es tarde, te quedas a cenar aquí.
Erika no pudo evitar echarle otro vistazo a la mesa del comedor, pero enseguida desvió la vista:
—Señor Ramírez, ¿no tiene nada mejor que hacer? ¿O será que la mujer que invitó lo dejó plantado y me está ofreciendo las sobras?
Erika soltó esto con una sonrisa cargada de sarcasmo.
De ninguna manera se iba a tragar el cuento de que esa cena era para ella.
A fin de cuentas, desde que se conocían, nunca la había llevado a ningún lado.
Incluso las veces que había cenado con ella en casa se podían contar con los dedos de una mano.
Era lógico pensar que un esposo así jamás le prepararía una cena romántica justo después de haberle pedido el divorcio.
—Es solo una cena, velo como una celebración porque el abuelo ya despertó. —Valerio mantuvo el mismo tono de antes, como si no le hubieran molestado las palabras tan afiladas de ella.
Pero eso confundió todavía más a Erika. ¿Por qué la obligaba a celebrar con él?
Definitivamente, hoy estaba actuando y hablando de forma muy extraña.
Aunque él de verdad hubiera planeado todo ese banquete, sentarse a comer solos iba a ser de lo más incómodo.
A Valerio no le hizo ninguna gracia. Dio unos pasos largos para cortarle el paso.
Al segundo siguiente, se agachó y la cargó en brazos, llevándola directo al comedor.
Erika no tuvo ni tiempo de quejarse cuando sintió que la levantaban en el aire, y antes de darse cuenta, ya la había dejado junto a la mesa.
Los empleados que estaban cerca se acercaron con cuidado para acomodar los cubiertos y los platos.
Erika se quedó sentada sin hacer ningún movimiento, observando a Valerio con indiferencia mientras él se acomodaba frente a ella con total tranquilidad.
Erika no entendía cuál era su afán por cenar juntos.
A lo mejor iba a pedirle que hiciera otro sacrificio por él.
¿Por eso había organizado todo ese teatrito de la cena romántica?
¿Creía que ella seguía siendo la misma de antes, que con una migaja de cariño se iba a poner feliz?
Cuando todos los empleados se retiraron, apagaron las luces principales.
Bajo la luz tenue, Valerio se desabrochó lentamente los puños de la camisa, dejando a la vista las venas marcadas de sus antebrazos.

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