En el momento en que tomó los cubiertos, levantó la mirada para verla a los ojos.
La escrutó de arriba a abajo y soltó con frialdad:
—¿Te vistes así de mal a propósito nada más para hacerme quedar en ridículo?
Erika le respondió con calma:
—Nuestro matrimonio siempre fue un secreto, así que no hay manera de que yo te avergüence frente a los demás.
—¿Qué pasa? ¿Te ofende que lo nuestro haya sido un secreto? —preguntó Valerio.
¿Ofendida? Claro que lo estaba.
¿A qué mujer no le gusta tener una boda en grande como se debe?
Un simple papel, una cena cualquiera y listo, ya era una mujer casada. Solo podía culparse a sí misma por haber sido tan ingenua.
Pero Erika no dijo nada de eso. De nada servía quejarse a estas alturas.
—¿En qué te gastaste todo el dinero que te di? —volvió a preguntar él.
Erika lo miró desconcertada. ¿Qué dinero le había dado?
¿Cuándo le había pedido un solo peso?
¿Acaso se refería al dinero que le había dado a su familia cuando se casaron?
Desde que se casaron, ese dinero fue a parar directamente a las manos de Penélope.
Para sus propios gastos mientras vivió con la familia Ramírez, ella siempre usó los ahorros de su sueldo.
Y si hablaba de las bolsas, la ropa y las joyas que había en la casa, según tenía entendido, eran puras muestras promocionales de las empresas de su grupo.
Además, cada vez que Penélope iba de visita, aprovechaba cuando ella no estaba para llevarse todo en bolsas enormes.
Aparte de lo que comía ahí, ¿cuándo se había gastado el dinero de él?
Al pensar en eso, Erika respondió con sequedad:
—¿Me estás cobrando ahora? Si te refieres al dinero de la dote, te lo pagaré en cuanto empiece a trabajar.
Valerio frunció el ceño. En sus ojos, además de molestia, había una clara confusión.


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