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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 24

Al terminar, Erika bajó la mirada con asco hacia las venas marcadas de su brazo.

—¡Quítame las manos de encima!

Valerio se quedó pasmado; le tomó unos segundos reaccionar antes de aflojar el agarre poco a poco.

Justo cuando Erika empezaba a alejarse, la voz ronca de él resonó a sus espaldas:

—Mañana a las nueve, ¿puedes ir a ver a mi abuelo al hospital? Te extraña mucho.

Erika se detuvo. El repentino cambio en su voz, ahora tan apagada, sonaba casi triste.

Aun así, a Erika no le interesaba rascarle a eso. Con solo escuchar la mención del abuelo, sintió el impulso de preguntar por su estado de salud, pero no quería darle el gusto a Valerio de sacarle información.

Ella también lo extrañaba, añoraba su sonrisa amable y la forma tan tierna en que le acariciaba la cabeza.

En ese momento, cayó en la cuenta de algo: sabiendo lo mucho que Valerio adoraba a su abuelo, seguro el único propósito de esa cena había sido tratar de ablandarla para que fuera al hospital a visitarlo.

Y lo mismo aplicaba para retrasar el divorcio. Seguro creía que, una vez separados, ella se desentendería por completo del anciano.

Porque, si el abuelo se enteraba de la ruptura, el disgusto podría hacer que recayera.

Sin darse la vuelta, Erika le contestó de espaldas:

—Mañana llegaré puntual. Por favor, lleva tus documentos; saliendo del hospital, nos vamos directo al Registro Civil. Y no te preocupes, no le diré nada al abuelo.

Dicho eso, Erika caminó hacia la salida. Con cada paso, la suela despegada de su zapato se doblaba contra el piso.

Era algo penoso, sí, pero ya había estado en situaciones así antes, así que le daba lo mismo.

Incluso si todos los empleados la estaban viendo, no le importaba en absoluto.

Pero a medida que avanzaba, empezó a resultarle molesto caminar, así que mejor se agachó y se quitó el zapato de plano.

Y así, descalza de un pie, salió del lugar.

Valerio, que seguía de pie junto a la mesa, observaba cómo se alejaba esa figura tan necia mientras las venas de su frente se le marcaban cada vez más.

Tardó un buen rato en apartar la mirada. Cuando volteó a ver la cena que le había ordenado a los empleados preparar desde la mañana, de repente toda esa comida le pareció desabrida.

Al segundo siguiente, se escuchó un golpe seco.

Hospital. Habitación VIP.

Erika estaba recargada contra Ireneo, abrazada fuertemente a su brazo. No había parado de llorar desde que puso un pie en la habitación.

—Ya, mija, no llores más, que con esa carita toda empapada vas a terminar pareciendo un patito feo. —Ireneo intentaba animarla mientras le daba unas suaves palmaditas en la espalda.

A Erika se le escapó una sonrisa entre las lágrimas, y se limpió el rostro:

—Ya no lloro. Es solo que me da muchísima felicidad verlo despierto, abuelo.

Ireneo la observó con ternura:

—Mija, te veo muy pálida. ¿Acaso el chamaco de Valerio te volvió a hacer alguna grosería?

—¿Quién se anda quejando a mis espaldas? —Apenas Ireneo terminó de hablar, la voz inconfundible del aludido se hizo escuchar desde la entrada, acercándose poco a poco.

Sonaba de lo más cálida, como si fuera el hombre más atento del mundo.

Aunque Erika sabía perfectamente que ese tono amoroso solo lo usaba cuando estaban frente al abuelo.

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