—Date un buen baño, pero no te quedes demasiado tiempo en el agua por el embarazo. Voy a estar esperando afuera; en cuanto salgas, me voy —añadió en el mismo tono suave.
Erika no tuvo tiempo de decir nada; Valerio salió del baño y cerró la puerta.
Ella se quedó paralizada por un buen rato antes de acercarse a paso lento frente al espejo.
Al quitarse la bata, vio su reflejo. Las marcas oscuras y rojizas de los besos en su piel la dejaron helada.
Con la poca fuerza que tenía, no había forma de ganarle.
Si hace un rato él no se hubiera detenido antes de llegar al límite, ¿qué habría hecho ella?
El cuerpo le temblaba ligeramente. Se quedó en silencio otro rato y finalmente se metió a la enorme tina.
Desde afuera, de vez en cuando, se escuchaba la voz de Valerio preguntando por ella:
—Eri... no te quedes mucho tiempo, te puedes marear.
—Eri... dime algo, si no respondes, voy a entrar.
Se hizo un breve silencio mientras esperaba respuesta.
Para evitar que de verdad entrara, Erika le respondía de vez en cuando con un tono cortante.
Pensando en el bebé, tampoco se atrevió a quedarse tanto tiempo en el agua.
Sin embargo, tenía la cabeza hecha un desastre, así que se tardó bastante en salir del baño.
Cuando Erika salió envuelta en la bata, comprobó que Valerio seguía ahí parado.
No estaba en el sillón ni en la cama; la había estado esperando de pie junto a la puerta.
Erika caminó hacia el tocador sin hacerle caso. Valerio se le adelantó con paso firme y agarró la secadora.
—Siéntate, yo te seco el cabello —le dijo con suavidad.
Erika le arrebató la secadora de las manos con una actitud gélida.
—No es necesario, por favor, sal de mi cuarto —rechazó de plano.
Sin decir más, se sentó en la silla y la encendió.
Detrás de ella, Valerio guardó silencio unos instantes.
—Mañana mandaré a que instalen una secadora de pedestal. Con tu estado, levantar los brazos te va a cansar mucho —comentó por fin.
Como Erika lo ignoró, él esperó un momento.
—Erika, ¿estuviste llorando? ¡Traes los ojos hinchadísimos! —preguntó de sopetón.
Erika se tocó las mejillas.
—No, nada de eso. Ayer tomé mucha agua, es todo —contestó sin darle importancia.
—Ah, bueno... ¡Ah, por cierto! —añadió Isabel con entusiasmo—. Valerio te ha estado esperando para desayunar. Hizo que en la cocina calentaran tu comida un montón de veces, y como pensó que el sabor iba a cambiar de tanto recalentarla, ya pidió que la hicieran toda desde cero. ¡Qué bárbaro! Con lo poderoso que es Valerio, que se tome tantas molestias por tu desayuno... Te consiente un montón, ¡qué envidia me das!
Escuchar todo ese parloteo hizo que a Erika le zumbaran los oídos de fastidio.
Se acomodó de lado.
—Tú adelántate a desayunar. Me lavo la cara y bajo. En cuanto termine, nos vamos de compras —cambió de tema de inmediato.
Apenas dijo eso.
—Y no bajes tu celular ahorita. Ya cuando salgamos, te lo llevas escondido —añadió a toda prisa.
—Sí, sí, ya sé. De hecho, lo dejé apagado abajo de la almohada. Bueno, yo bajo a comer que me muero de hambre.
Dicho eso, Isabel salió corriendo de la habitación.

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